Al fin un verano tranquilo

El argentino Rulli está encantado con Llopis y este confía en convertirlo en uno de los mejores porteros de la Liga

Miguel González
MIGUEL GONZÁLEZ

Saco varias conclusiones de la comparecencia de Rulli. Todas interesantes. La primera, su propósito de enmienda al admitir que quiere cambiar «lo que fue el semestre pasado». Por ahí se empieza. La segunda, que quiere quedarse en la Real Sociedad, lo que en su caso no es baladí. Y la tercera, la ilusión que tiene en trabajar con Llopis, del que espera pueda sacarle su mejor rendimiento. Me consta que el hernaniarra también alberga muchas esperanzas en convertir al argentino en uno de los mejores guardametas del campeonato, como hizo con Keylor en el Madrid.

Rulli es uno de esos jugadores que cada vez que habla sube el pan. Dice lo que piensa, algo que no abunda en este mundo moderno del balompié, donde la sinceridad cotiza a precio de oro. Y eso genera problemas en un negocio en el que lo principal es alegrar el oído al cliente, sobre todo si las cosas sobre el verde no salen como uno espera. Pero para alguien sincero que puedes echarte a la cara no vamos a reprocharlo, ¿no?

Su problema es que las expectativas que se generaron en torno a él siempre han ido por delante de su rendimiento. Y no me refiero a las creadas en San Sebastián. El chico –término de moda y que tanto utiliza nuestro director de fútbol– tenía 20 años cuando se estrenó en la Primera argentina con Estudiantes y no tardó mucho en batir el récord de imbatibilidad en la historia del club: un gol en 588 minutos.

Así que un fondo de inversión participado por el City compró sus derechos y se preparó para enviarlo a Europa. Estamos en 2014 y la Real Sociedad se ha visto sorprendida por la marcha de Bravo al Barcelona cuando este ya contaba con terminar sus días en San Sebastián. La llegada de Luis Enrique al banquillo de Can Barça con Juan Carlos Unzué, el preparador de porteros y un enamorado del juego de pies del chileno, precipitó los acontecimientos. Había que buscar rápido un recambio en Zubieta.

La dirección deportiva contaba con buenos informes de Rulli y cuando Txiki Begiristain –buen amigo de Loren– los ratificó con una opinión favorable, Aperribay se fue a por él. Las negociaciones no fueron fáciles por la cantidad de partes intervinientes en la operación, pero se alcanzó un principio de acuerdo para su cesión por un año. Faltaba rematarlo, porque cuando se cruzaron los contratos la Real no estaba de acuerdo con un par de detalles de la letra pequeña. Mientras los discutían, alguien reunió a la prensa en el aeropuerto de Buenos Aires para airear que viajaba a Ámsterdam a incorporarse a la concentración blanquiazul.

La Real Sociedad no admitió presiones, así que el 'chico' se tuvo que pasar una semana en un hotel junto al aeropuerto de Schiphol hasta que se resolvió el 'papeleo'. Unos días más tarde le hice una entrevista en el Hotel Heerlickheijd Van Ermelo y la impresión no pudo ser más favorable. Un chaval de 22 años con las ideas claras, verbo fluido y una ambición sin límites. Entre otras cosas me contó el reto que le suponía adaptarse a la velocidad del juego europeo y que su madre no le dejaba jugar al fútbol si no terminaba Secundaria. Llegó a la universidad. Se le veía cultivado y la cosa pintaba bien.

Pero en su debut en Krasnodar se rompió un dedo del pie en un salto cuando estaba haciendo un partidazo y la tragedia se precipitó. El resultado: varios meses de baja y la Real Sociedad eliminada de Europa. No debutaría en Liga hasta diciembre y para entonces ya estaba Moyes. Cuatro meses después Tata Martino le llamó para la selección argentina. De repente se vio compartiendo vestuario con Messi y compañía. Tan a gusto estaba en San Sebastián que antes de comenzar sus vacaciones firmó con la Real el contrato para la siguiente temporada. Las partes habían convenido prolongar la cesión un año más a falta de la firma de Maldonado.

En estas el Valencia se quedó sin portero por la lesión de Diego Alves y en la capital del Turia se acordaron de él para sustituirle. Era un equipo de Champions que venía de ser cuarto en Liga. Se arregló todo para su desembarco en Mestalla hasta que alguien reparó que ya había firmado el contrato con la Real Sociedad. Una ingenuidad que a sus propietarios les costó dinero, y no tuvieron más remedio que dar marcha atrás.

Nuevamente su rendimiento aquí fue notable, lo que hizo que Aperribay se plantease comprárselo a Maldonado después de un tercer verano convulso entre el 'Brexit' –estaba el City de por medio– y que el conjunto inglés no podía guardarse un derecho de recompra por alguien que nunca había sido suyo.

En su tercer año aquí la Real Sociedad practicó un fútbol de alta escuela y regresó a Europa. Fue uno de los pilares del equipo, lo que hizo que su cuarto verano también fuese agitado. O se lo agitaron. Para cuando el Nápoles se decidió a mover ficha al ver que Emery se podía llevar a Reina al PSG, la Real ya no tenía margen de maniobra. Así que le tocó quedarse. Y lo que mal empieza, peor acaba. La presión por ir al Mundial y un estilo de juego que ponía al portero al límite le hicieron daño. La puntilla le llegó en noviembre cuando se vio fuera de la convocatoria argentina y entendió que decía adiós a Rusia. Fue un palo psicológico que le costó superar. Como la Ley de Murphy no hace prisioneros, en febrero cae lesionado en Salzburgo y cuando se recupera tiene por delante a Moyá.

Su estancia en Argentina alentó los rumores de un pase a Boca pero los números no salen. Una conversación con Olabe basta para convencerle. El fichaje de Llopis hace el resto. Ahora afronta, como dijo ayer, una oportunidad única en su carrera. Quiere dejar de ser aquel chaval que hizo olvidar a Bravo de la noche a la mañana y convertirse en un portero solvente y consistente.

Muchos argentinos han sido enviados a Europa en una puerta giratoria que les ha devuelto a su país a la misma velocidad. Algunos incluso no levantaron cabeza. Aquí hay que venir aprendido y no a aprender. Rulli supo solventar esa circunstancia y liberarse de las cadenas que le obligaban a jugar para que terceros hiciesen negocio. Ahora juega para sí mismo. Sin la obsesión de un Mundial, con un maestro como Llopis y un verano tranquilo por delante, el futuro de Rulli es suyo a nada que rescate la naturalidad de sus inicios. Porque como solía decir Denoueix, el éxito nunca es el objetivo, sino la consecuencia.

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