La tristeza de los ricos

Imanol Troyano
IMANOL TROYANO

La melancolía es la tristeza de los ricos y la tristeza es la melancolía de los pobres», es la última frase que lanza uno de los personajes que imaginó el periodista bilbaíno, Eduardo Rodrigálvarez, en su novela 'Cuando vengan los míos'. El margen, si existe tal diferencia, que separa a la melancolía y a la tristeza, es el sentimiento que experimentaron ayer por un lado los jugadores de la Real tras el pitido final, y por otro los aficionados blanquiazules que abandonaron Anoeta con rostros apesadumbrados como si su equipo hubiera perdido. La sensación fue la misma.

La Real jugó ayer en Anoeta con menos alegría que nunca, pero paradójicamente nunca estuvo cerca de caer derrotada ante el Eibar. No por merecimientos, sino porque a los 12 segundos ya iba por delante en el marcador. Lo que parecía entonces el principio del fin para el Eibar, lo fue para la Real, que en noventa minutos apenas contó con ocasiones de repetir lo que había conseguido antes del minuto uno de partido. Sin el control en el centro del campo y con las bandas inutilizadas, el equipo de Imanol Alguacil apostó por encomendarse a Juanmi a través de balones aéreos abastecidos por los centrales. Así, el ataque vertical txuri-urdin se convirtió en previsible y la circunstancial pareja de centrales del Eibar formada por Paulo Oliveira y Sergio Álvarez lo agradeció enormemente.

El técnico de Orio volvió a colocar a Zubeldia, Merino y Sangalli en el medio del campo como en el último partido liguero en casa frente al Betis. Pero la zona ancha no funcionó como entonces. El cuadro donostiarra no movió bien la pelota en el eje central y la creación de juego siempre se vio mermada. Si la triangulación por dentro fue débil, las combinaciones por fuera resultaron inexistentes. Se recuerdan pocos partidos como el de ayer en los que los laterales realistas no tuvieran ninguna pizca de protagonismo en ataque. Oyarzabal y Barrenetxea tampoco funcionaron.

Al Eibar le ocurrió todo lo contrario. Joan Jordán y Escalante se encontraron cómodos en mitad de campo y tanto el exrealista José Ángel como De Blasis fueron unas provechosas armas en el ataque eibarrés. El balón fluía mejor de lado a lado cuando la posesión era azulgrana y el recurso mas poderoso de los de Mendilibar era el más primitivo de todos en esto del fútbol: los balones a la olla. Cote fue quien más interiorizado tenía esta idea. El cuerpeo de Sergi Enrich fue otro de los argumentos del conjunto armero y que más molestó a Aritz y Llorente, cuando no caía sobre ellos la responsabilidad de salir con el balón jugado desde atrás.

La Real era incapaz de generar una acción combinada, así que se alió con los postes para que el Eibar no empatara. A la hora de juego los realistas se veían superados y las entradas de Sandro y Pardo por Barrenetxea y Sangalli no alteraron ni un ápice el guion del partido. El 1-1 llegó a cinco minutos del final por la simple inercia.

Cuando el árbitro señaló el término del choque una mezcla de tristeza y melancolía inundó Anoeta. En la Real porque empató cuando fue ganando, en el Eibar porque empató, pero siendo superior, y en la grada porque ya empieza a sospechar lo que falta por llegar hasta final de temporada.