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Una pesadilla recurrente

Un mal sueño se repite en mi cabeza constantemente por las noches, pero la realidad es que no estamos tan mal

Willian José, durante un entrenamiento/Juantxo Lusa
Willian José, durante un entrenamiento / Juantxo Lusa
ENEKO PÉREZ

Confieso que últimamente me cuesta muchísimo dormir. ¿Por qué? Tengo una pesadilla recurrente… Es horrible, noche tras noche mi cabeza juega conmigo y me lo hace pasar mal. Como cuando de pequeño soñabas con el monstruo de turno acechando desde la oscuridad, sigiloso y amenazante, a mí ahora me taladran una serie de imágenes a horas intempestivas que no me permiten descansar.

Son varias escenas, y todas me ponen los pelos de punta. Veo a Illarramendi en el campo atribulado, sin rumbo, y para colmo el brazalete le queda grande y se le cae continuamente. A pocos metros de él aparece Zurutuza, parece despistado, y para cuando me quiero dar cuenta de lo que está pasando ha perdido un balón en campo propio y el rival ya está delante de nuestra portería. Me temo lo peor, pero nunca sé si son capaces de hacernos gol… Es un partido la mar de extraño, porque es una mezcla de Anoeta con el Santiago Bernabéu y una plaza de toros, algo kafkiano, lo sé.

Sandro también aparece en esta dichosa pesadilla. El atacante canario tiene un penalti que le ceden Willian José y Oyarzabal, pero lo falla, se lo para el portero. El rechace es para él, pero como en aquel mítico penaltis que Dudek detiene a Shevchenko en la final de la Champions, nunca llegó a saber si su disparo acaba dentro de las mallas o no. Y me crea angustia, porque ese chico necesita marcar. Y Juanmi, que es todo corazón, falla el primer control una y otra vez, hasta marcharse del campo triste y cariacontecido. Querer y no poder.

Sueño que Januzaj, nuestro prestidigitador, el heredero de Vela, se marcha de cinco con dos bicicletas y una 'Prietinha', pero la jugada acaba en saque de puerta sin ningún peligro y se repite en bucle. Es frustrante. Sin conexión aparente en la historia, veo a Rulli dar voces en un saque de esquina en contra. Se le ve nervioso y alterado. Cuando el balón ya está volando le fallan las piernas y salta débilmente. Él cae al suelo y el contrario ya es una piña, están celebrando el gol. Su cara lo dice todo. Sueño que Oyarzabal pelea como un jabato por cada balón, pero con él en los pies está obtuso y le faltan toneladas de claridad. Se muerde los labios y jura en arameo, es el rostro de la frustración.

Tengo algunas lagunas y no termino de recordar todo lo que acontece en este mal viaje nocturno que se repite casi a diario. Estoy pensando en acudir a algún profesional para que me lo quite de la cabeza, es desagradable. ¡Ah, sí! Veo a la Real jugando de local ante uno de los equipos más flojos de la tabla, con la posibilidad de entrar entre los seis primeros si se lleva la victoria. Lo siguiente que veo es una grada gris, congelada y desangelada, y un marcador que refleja un anodino 0-0. El árbitro ya ha pitado el final y la escuadra donostiarra ha vuelto a dejar pasar la oportunidad de dar un salto de calidad. Caras largas esperando al topo, mañana es lunes. No salimos de pobres.

La realidad

Pero después me despierto, claro. No es buen negocio, ni para lo bueno ni para lo malo, vivir en un mundo onírico. La realidad se te escapa de las manos y corres el peligro de creer que la película que están proyectando en tu mente es auténtica y genuina. No, no tiene porqué. La realidad es que no estamos tan mal, sobre todo después de haber sufrido en las dos últimas temporadas una profunda transformación en el vestuario que ha terminado con las despedidas de algunas vacas sagradas o referentes como Xabi Prieto, Carlos Martínez, Sergio Canales, Carlos Vela, Álvaro Odriozola, Mikel González, Alberto de la Bella, Markel Bergara, y el denostado Iñigo Martínez Berridi. En noveno lugar y a dos puntos de Europa en una liga demencial, este año el billete continental podría comprarse con 55 puntos.

La realidad es que Illarramendi es un jugador enorme y diferencial, y que, como cualquier otro, está pasando por un bache en su carrera deportiva. Resurgirá. El brazalete le queda genial. La realidad es que Zurutuza, con ese carácter tan peculiar, sigue siendo un futbolista especial e imprescindible para esta plantilla. Por su calidad y por su veteranía. Ojalá se retire aquí dentro de dos o tres años. La realidad es que Sandro es mucho mejor jugador de lo que estamos viendo en estos meses. Un gol, solo uno, desataría de sus botas un torrente de goles, asistencias y verticalidad. Sería la llave para librarle de sus propias cadenas.

La realidad es que si Juanmi fuera ducho con los pies estaría jugando en el FC Barcelona o en el Bayern de Múnich, de titular. Porque pocos jugadores se han visto por estos lares con ese don para estar siempre en el momento oportuno y en el lugar oportuno para hacer gol. Con eso se nace. La realidad es que Januzaj tiene 24 años y un futuro brillante. Es un jugador descomunal que está llamado a hacer historia en Donostia. Solo él sabe dónde está su techo, pero hoy por hoy es una amenaza constante para los rivales. La realidad sobre Mikel Oyarzabal es que Zubieta ha vuelto a pulir un diamante en bruto. Es el futuro capitán del equipo, y a nuestros nietos les contaremos mil y una batallitas sobre sus andanzas.

La realidad es que Rulli está recobrando su confianza, algo fundamental para cualquier jugador, especialmente si eres portero. El argentino, ahora sí, es un arquero de garantías. Y por último, la realidad es que Anoeta, en efecto, es un campo nuevo. Sin ir más lejos, el ambiente que se vivió en el derbi vasco fue electrizante, tenso y emocionante, porque ver a más de 27.000 personas agitar las bufandas y cantar al unísono en un campo sin pistas impone mucho. La grada fue un infierno blanquiazul. Volvemos a tener un campo de fútbol, volvemos a ser una afición caliente. En otros sitios, muy cercanos, nos envidian.

 

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