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MARTÍN LASARTE, NUEVO ENTRENADOR DE LA REAL
El entrenador blanquiazul será presentado hoy oficialmente
22 de junio de 2009
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JORGE F. MENDIOLA.-

Martín Lasarte (Montevideo, 1961) iba para arquitecto pero el fútbol se cruzó en su camino. Jugó como profesional durante más de quince temporadas y conoce los campos y equipos de la Liga de su etapa en el Deportivo. Era temido por su dureza y ha marcado a algunos de los mejores delanteros del mundo. De sangre vasca, el nuevo entrenador de la Real ha sido cocinero antes que fraile y confía en que esta experiencia le permita llegar a los jugadores. Su carácter serio, disciplinado y trabajador le abrirá las puertas del vestuario.

- ¿Cuándo descubrió que lo suyo era darle patadas a un balón?

- Yo siempre llevé el fútbol en la sangre. Valdano dijo una vez que Uruguay no debería tener límites geográficos sino porterías. Aquí todo el mundo juega al fútbol, es nuestra pasión. Tuvimos equipos fantásticos en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Después ha caído mucho a nivel corporativo. En la selección también se ha notado. Fue brillante hasta los setenta y luego ha tenido momentos buenos, pero le costaba lo que no le costaba con anterioridad. Yo me crié en este mundo.

- ¿Se manejaba mejor que con los libros?

- Era un estudiante no sé si destacado, pero sí bueno. Hasta cierto punto convivieron el estudiante de Arquitectura y el proyecto de futbolista. El fútbol se anticipó. Me tocó debutar en Primera con 19 años. Cuando llegué a Nacional empezaron los viajes y los estudios quedaron apartados. Los retomé cuando volví de España, pero perdí un examen y hasta ahí llegué.

- ¿No terminó la carrera superior?

- No. Hice los dos primeros cursos y una asignatura del tercero. Aquí son seis años de facultad. Incluso me compré un apartamento frente a la universidad y sólo tenía que cruzar la calle para ir a clase. Preparé un examen que para mí era sencillísimo, de historia del arte, pero creo que me confié. Me gustaba. En Europa tuve la suerte de ver museos e iglesias. Recorría las ciudades que visitábamos, sacaba fotos, tomaba notas, las estudiaba. Y ahí hice un clic en la cabeza y ya no seguí. Volví de España con una hija, una vida distinta, otro ritmo, otra edad y no terminé.

- ¿Entre sus proyectos vitales no incluye retomar los estudios?

- No. Me he dedicado a otras facetas. Quise mejorar mi inglés, aprendí informática, empecé a escribir... No he publicado nada, pero tengo algunos proyectos.

- Un futbolista cultivado...

- No sé si cultivado. Todos los días se aprende algo. Intento ser como una esponja que absorbe lo positivo que tiene a su alrededor.

- ¿Quiénes eran sus ídolos de niño?

- Admiraba a los jugadores locales. Alguno jugó en España, como Fernando Morena, un delantero de Peñarol que hizo más de seiscientos goles. Jugó en el Rayo y en el Valencia. Cumplió una etapa fantástica. Fue quizás uno de los más grandes futbolistas que Uruguay ha tenido antes de mi generación. Era el ídolo de todos los chicos de mi edad. Luego llegarían Rubén Sosa, Francescoli...

- En su carrera se ha enfrentado a los mejores delanteros del mundo. ¿Cuál era es el más escurridizo?

- No sé... Marqué a tantos y tantos no me dejaron marcarles. Me acuerdo de dos encuentros contra Zamorano. Jugaban en la delantera del Sevilla Suker y él, también Bengoechea. Hizo unos partido fantásticos. Uno le veía a un nivel por encima de la media. También Polster, Butragueño, Míchel, Hugo, Stoichkov... Laudrup parecía un bailarín de ballet, una cosa maravillosa. Aquel Barcelona de Cruyff era increíble. Perdimos 1-3 en Riazor y, la verdad, nos pegaron un baño: una velocidad, un fútbol tremendo. Algo parecido a lo de hoy.

- ¿Y alguno de ellos se acuerda de sus tacos?

- (Risas) Habría que preguntarles a ellos. Tengo un recuerdo especial hacia el panameño Rommel Fernández. Me tocó jugar muchas veces contra él y siempre lo consideré un rival muy duro en lo que se refiere a las facetas física, futbolística y anímica. Cuando íbamos a Tenerife siempre le marcaba y solía entrarle muy duro, pero él ni chistaba. Se iba al suelo, se frotaba con las manos como sacándose el dolor y otra vez arriba a dar el callo. Me impresionaba este futbolista.

- ¿Y Hugo Sánchez?

- Las semanas previas a jugar contra el Madrid en el Bernabéu, la prensa hablaba de un nuevo remate que estaba practicando: el escorpión. Hugo estaba lesionado y, en principio, no parecía que fuera a poder jugar. Pero al final reapareció y me tocó marcarle. Ya me temía que me clavara el aguijón. Recuerdo exactamente la jugada: era un balón largo, Hugo dejó pasar en vez de saltar a cabecear, se lanzó al suelo y tocó de escorpión con el tacón. El balón rozó el poste. Perdimos 1-0, gol de Míchel. A la larga, no te queda más remedio que admirar a ese tipo de gente.

- En el vestuario del Deportivo coincidió con varios ex jugadores de la Real y el Athletic, entre los que había un pique sano.

- Estábamos José Luis Ribera, Pello Uralde, Albistegui, López Rekarte, Musti Mujika... Musti era un tipo maravilloso. Siempre me precié de ser su amigo. Me dolió mucho su desaparición y más por la forma en que sucedió. Siempre bromeábamos sobre la capacidad que tenía para ver la televisión, escuchar la radio y leer los periódicos, todo al mismo tiempo. Tenía una ilusión tremenda por el fútbol. Después, por el otro lado estaban Aspiazu, Josu, Sabin Bilbao, Santi Francés... Yo me alineaba con los que me sentía más identificado, lógicamente.

- ¿Qué recuerda de la Real de aquella época?

- A mí me tocó debutar contra la Real. Era un partido de Copa, creo que en enero de 1989. Dirigía Toshack. Jugaban Arconada, Gajate, Górriz, Fuentes, Larrañaga, Satrustegi y me parece que después entraron Loinaz e Iturrino. Zamora hizo el gol.

- ¿Cómo vivió los títulos de Liga de principios de los ochenta?

- Yo estaba en Uruguay. Algunos tíos míos vinieron aquí de vacaciones a mitad de la temporada y ya se veía que la Real podía repetir la buena campaña del año anterior, en la que no consiguió el trofeo. Recuerdo que para mi padre fue un motivo de orgullo y hubo una celebración familiar en casa porque la alegría era compartida por todos.

- ¿Nunca ha sentido inquietud por regresar a la tierra de sus padres?

- Cuando jugaba en el Deportivo pasaba las Navidades en Andoain con mis tíos. Mi mujer no tiene ancestros vascos, pero se le pegó tanto el tema del origen que mis hijos se llaman Itziar y Sebastián Iker. Con eso te digo todo. Más allá de que mi acento sea distinto, las vivencias son muy cercanas. Siempre que he podido he viajado allí y suelo volver cargado de regalos: txapelas, txakoli, pegatinas para el coche... Cualquier cosa que haga sentir a un vasco en la distancia. Cuando iba a San Sebastián, parecía un embajador porque la gente acá me pedía que llamara a un familiar, que llevara tal cosa o que trajera tal otra. Las posibilidades de viajar no eran las mismas para todo el mundo.

- ¿Venir a la Real es como volver a casa?

- Por mi padre tengo un amor eterno y un recuerdo fantástico. Él se adaptó a vivir en un país muy lejano de su tierra y fue capaz de transmitir sus vivencias. Nos contaba que era practicante, que iba a los caseríos en moto por caminos cubiertos de nieve... También fue futbolista. Había jugado en el Tolosa, en el Burgos. Esas cosas a mí me llegaban. De alguna manera, volver yo ahora a Gipuzkoa a tratar de cumplir un objetivo como él lo hizo en su juventud en Uruguay me llena de orgullo.

- ¿Por qué emigró?

- Mi padre tenía un hermano que ya había emigrado en la década de los cincuenta y él se vino en el 1958. En aquella época las cosas iban mucho mejor en Uruguay -los lados estaban cambiados-, así que vino en busca de trabajo y se forjó un futuro.

- ¿A qué se dedicaba?

- Aprendió un oficio que se llama consignatario de frutos del país. Es un nombre muy pomposo. En realidad lo que hacía era todo lo referente a la producción ganadera: cuero, lana... Tuvo una barraca, una empresa propia. Y ya tiene mérito porque supo adaptarse pese a venir de un lugar lejano y con unas costumbres diferentes.

- ¿Cómo conoció a su madre?

- En uno de aquellos barcos de la Compañía Vasco Andaluza. Mi madre era del interior, pero su familia -originaria de Amasa- tenía un buen nivel económico. Cada dos años hacían un viaje a Europa y en uno de esos viajes se encontró con mi padre. Se hicieron novios y se casaron.

- ¿Sabe ya dónde va a vivir?

- Todavía no. No tengo preferencias. Conozco las playas, el barrio de Gros, la Parte Vieja y, sobre todo, la salida de la carretera hacia Andoain porque es la que recorría cuando jugaba en el Deportivo. No me preocupa si es en la misma ciudad o en las afueras.

- ¿Y la gastronomía?

- Eso es lo peor, en el buen sentido. Hay que cuidarse, aunque ahora ya no importa tanto (risas). El peligro es comer una tortilla de más, una chuleta de más, un pescado de más... Y los pintxos de la Parte Vieja, que deberían ser la octava maravilla del mundo.

- Aquí todo gira en torno a la mesa.

- Mis primos me llevaron hace unos años por primera vez a una sidrería y después he ido siempre que he podido. No suelo beber mucho, pero sí acompaño y como. Es todo un acontecimiento.

- ¿Ha estado en alguna sociedad?

- Mi tío era socio de una en Andoain y en alguna ocasión hicimos una comida allí toda la familia. En enero de hace dos años, unos amigos me invitaron a otra en San Sebastián. Para los uruguayos sería difícil eso de apuntar lo que bebes. Sería un desmadre, pero allí está bien organizado. Comí caracoles. Nunca los había probado. Muy ricos con tomate.

- Superado el reparo inicial...

- Sí (risas). Es como todo. Hasta que llegué a La Coruña tampoco había probado el marisco. Me daba cosa. Aprender a comer de todo es parte del bagaje cultural.

- ¿Le acompañará su familia?

- Vendrán más adelante. Aquí empieza el invierno y mis hijos están en pleno curso. Mi hija ha comenzado la Universidad y le va muy bien y mi hijo está en tercer año de Secundaria. Mi mujer es psicóloga, tiene su consulta y también es docente universitaria. Pero ella se podría arreglarse. Lo que vamos a hacer es que ella venga a verme un par de semanas cada mes o mes y medio. Mientras, mis hijos se quedarán con los abuelos. Y, si Dios quiere, en diciembre viajarán todos para pasar juntos las vacaciones de Navidad.

- ¿Cuáles serán sus primeros pasos tras la presentación de hoy?

- Estaré aquí unos días. Quiero ir a Zubieta para ver los instrumentos de trabajo, marcar la agenda de las primeras semanas, distribuir las tareas, reunirme con los colaboradores y definir sus funciones. Creo en el trabajo en grupo. No creo en el entrenador pontificio. Uno marca las directrices pero todos deben tener una misión para alcanzar el objetivo común. Estaría bien dejar resuelto lo de la vivienda. Después, regresaré el 11 de julio para iniciar los entrenamientos el 16. Como decimos acá, empezaremos a quemar aceite, a todo vapor.

- La pretemporada está perfilada.

- Sí. Tenemos un amistoso en Tenerife, luego el stage en Grecia y otro partido contra Osasuna. He pedido a la secretaría técnica que organice también algún partido con equipos modestos para los inicios. Y otro al final para no cargar la semana previa a la competición.

- Y en medio de todo, el partido del Centenario.

- No está mal.

- Parece que contra el Real Madrid.

- Si antes les llamaban los galácticos, ahora no sé qué nombre les pondrán. ¿Estratosféricos? ¿Interplanetarios? Pero en noventa minutos, nunca se sabe.

- No descarta la victoria...

- ¿Y por qué no? En esta vida hay que ser optimista. Será una linda fiesta y un bonito motivo para que la afición acompañe o presentar algún jugador nuevo. Sería como accionar un botón, el punto de partida y una manera de juntar a la gente y transmitir un mensaje. Bajar tiene muchos efectos negativos en el subconsciente. Imagino que los aficionados pensarán: 'Ya son dos años en Segunda, vamos por el tercero'. Y al primer partido que se pierda dirán: 'Ya estamos igual que siempre...'. Es normal. Nosotros tenemos que pedir a los aficionados, pero sobre todo darles, transmitirles. Si somos capaces de lograr una sensación ganadora, de perseverancia, el público nos va a acompañar.

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