Su mejor gol

La talla como persona de Agirretxe y su capacidad para hacernos felices provoca que su retirada deje un enorme vacío en la afición de la Real Sociedad

Miguel González
MIGUEL GONZÁLEZ

No sé cómo pero sin darnos cuenta se nos ha ido la mejor generación que hemos tenido desde aquella campeona de los años ochenta. Por sus éxitos dentro del campo y por la forma en la que han representado los valores de este club fuera de él. Todo empezó con el adiós de Mikel González el verano pasado tras concluir su contrato. En ese momento no fuimos conscientes de que empezaba un periodo de transición tan corto como intenso. Desde entonces han dicho adiós Xabi Prieto, Carlos Martínez, Markel Bergara, el lunes De la Bella y ahora Agirretxe. Todos ellos protagonistas del ascenso a Primera y de la aventura en la Champions de hace cinco años. Queda Zurutuza para transmitir el legado de Zubieta a la nueva hornada capitaneada por Illarramendi y que integran los Oyarzabal, Zaldua, Zubeldia, Aritz y compañía.

La retirada de Agirretxe supone para el aficionado un desgarro emocional por ese choque entre su compromiso con una camiseta y el maldito destino que le ha reservado el fútbol desde diciembre de 2015. Dicen que en la adversidad es cuando se conoce lo que valen las personas y, como reconoció ayer, ha recibido una lección de vida «para los próximos 50 años». Siempre con la sonrisa en la boca y desde el optimismo ha ido sorteando las dificultades que le ha planteado el camino hasta que ha decidido que era el momento de respirar. De quitarse esa losa que llevaba encima y ser libre de nuevo.

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Para el que ha tenido la suerte de conocerle antes de ser profesional Agirretxe nunca ha dejado de ser Imanol, ese chavalín espigado que hacía maravillas con un balón y que se plantó en el campo del Seminario con 10 años para hacer una prueba con el Antiguoko con tres amigos más de Usurbil, Txusta, Lorenzo y Pana. El mismo que hacía maravillas jugando a pelota en el frontón del pueblo y que en verano cogía la bici para ir a Zubieta a ver entrenar a su ídolo Darko Kovacevic. El tiempo le permitiría compartir vestuario con él y conquistar el corazón de los aficionados como el serbio hizo en su día.

Su carrera futbolística la tenemos todos muy presente. Sus goles, sus asistencias, sus vuelos con las alas desplegadas en cada celebración... Pero lo que ha tenido esta generación de jugadores ha sido, además de su enorme clase en el césped, ha sido su valor como personas. Con él aprendí una tarde de otoño cómo repartir felicidad, la cualidad que más admiro desde entonces de un futbolista. Por encima de ser famoso y tener dinero, que es lo que atrae a los jóvenes. Porque hacer dichosos a los demás depende de la personalidad de cada uno y ahí es donde Imanol siempre ha triunfado. Hasta en un momento agrio como es una despedida, solo hablaba de felicidad y adiós soñado.

El caso es que hace unos tres años, antes de que sucediera aquel episodio con Keylor Navas, recibí una llamada de un amigo que trabaja en el Hospital Donostia. Me contó que tenían en la planta de hematología a un chico con síndrome de Down bastante malito que era un apasionado de la Real y de Agirretxe. Que no paraba de hablar de él. Creo que se llamaba Juan Carlos. Me dijo que si le podría conseguir una camiseta dedicada y firmada para llevársela. Así que en el siguiente entrenamiento abordé a Imanol en el parking de Zubieta y le trasladé la petición. «Claro que sí, pero se la llevo yo mismo. Esta tarde que tengo libre subimos a verle».

Quedamos en el Hospital y le veo de lejos que viene cargado con varias bolsas. «He pasado por la tienda de la Real para coger unos regalos», me dice. Entramos en la habitación 2404 y Juan Carlos, al principio, no le reconoce vestido de calle. Acostumbrado a verle de corto y por televisión, no sospecha que tiene a su ídolo ahí delante. Cuando se da cuenta es el vivo retrato de la felicidad. No pararon de hablar durante la tarde y en ese instante tan mágico comprendí la verdadera dimensión que tiene un futbolista: la posibilidad de hacer feliz a la gente. No solo con sus goles dentro del campo sino también con los que marcan fuera. Para mí, sin duda, ese ha sido el mejor gol que he visto a Imanol. Un golazo que le define como persona. Por eso le echaremos tanto de menos. Porque nos ha hecho muy felices.

Siempre digo que si la Real gana un título será difícil que lo celebre como aquel gol que hizo ante el Barcelona la víspera de la Tamborrada de 2013. Se juntaron tantas emociones que es difícil que se vuelva a repetir algo igual. El conjunto culé venía de hacer una primera vuelta perfecta de la mano de Tito Vilanova, con 18 victorias y un empate en 19 jornadas. El equipo de Montanier iba hacia arriba después de un arranque de Liga complicado y el partido era una prueba de fuego, aunque enseguida se puso cuesta arriba con un 0-2 adverso. La igualada con dos goles de Chory y ese tanto con la planta del pie casi en el descuento a centro de Carlos Martínez resulta imposible de olvidar.

Y es que ha sido siempre un elegido. Recuerdo en cadetes un torneo que jugamos en Pamplona y cuya final se disputó en El Sadar. Los chavales estaban ensimismados por el escenario. Enfrente esperaba el Oberena de un año más. En la primera parte hizo dos goles, uno de cuchara a lo Raúl y otro clavándolo en la escuadra, y dejó la cosa resuelta. En la entrega de premios el presidente de Osasuna, Patxi Izco, que estaba recién llegado al cargo, intentó ficharle. No tenía mal ojo porque con los años se convertiría en el mejor delantero centro que ha dado la cantera desde los tiempos de Satrústegui.

Con el primer equipo ha firmado 75 goles en 272 partidos, de los que fue titular en 148. Su ratio de goles por minuto es espectacular, ya que le sale a uno cada dos partidos aproximadamente. Y eso que tuvo que vivir a la sombra de todos los delanteros que llegaron de fuera hasta que le dejaron volar con la llegada de Montanier. Al principio no entraba en los planes del francés e incluso tenía apalabrada su salida al Valladolid, pero la lesión de Llorente le abrió las puertas a la titularidad y se convirtió en un referente. Hasta que Keylor cortó su carrera en el mejor momento a los 28 años. De nada sirve mirar atrás. Imanol ha jugado al fútbol para ser feliz y seguirá siéndolo en el futuro ligado a Zubieta.

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