El Rey León

El acoso del Athletic ha estado detrás de los dos grandes giros estratégicos que ha debido tomar la Real en su política en los últimos 40 años

Miguel González
MIGUEL GONZÁLEZ

Qué difícil es la convivencia con ese vecino que solo pretende que te mudes a otra parte. Que desea todo lo que tienes porque es incapaz de disfrutar de lo suyo. Su existencia pasa por tu aniquilación, hasta que se aburra de ti y dé con otro al que hacer la vida imposible. Cuanto más capacitado estás para hacerle frente, más fiero se vuelve, porque sus movimientos no son racionales sino pasionales.

El león es considerado el rey de la selva por ser el mayor depredador de la cadena alimenticia y, en este sentido, no hay apodo que mejor responda a la realidad que el que les dieron a nuestros queridos vecinos futboleros, con los que hay que tener una paciencia infinita. Porque ojo, como te rebeles, también te enseña las garras. El objetivo es tu completa sumisión. Y claro, eso hace tiempo que no ocurre.

Las cosas se le complicaron a nuestro depredador cuando vio que de amo de la selva pasaba a guardián de la sabana. En terreno frondoso con vegetación más densa, el tigre es más eficaz y tuvo que dejar a la competencia ese terreno que antaño creyó suyo. Con la diferencia de que este tigre no buscaba ampliar su hábitat natural, sino vivir tranquilamente en el suyo.

Hace medio siglo la situación en la Liga era la siguiente. Había 16 equipos. Los dos madrileños por excelencia; los dos barceloneses más el Sabadell; los dos clásicos gallegos Celta y Dépor con el Pontevedra; el Valencia, Elche y Hércules de la Comunidad Valenciana; los andaluces Sevilla y Granada, más el Zaragoza y el Las Palmas.

El entonces Atlético de Bilbao contemplaba un vasto territorio en el que nadie se atrevía discutir su hegemonía. Real Sociedad y Osasuna sobrevivían en Segunda y el Alavés contemplaba el paso de los días en Tercera.

Pero hete aquí que la Real cometió el pecado de subir a Primera y, no contento con eso, empezó a clasificarse para Europa, se acostumbró a estar por delante de su vecino y se proclamó campeón de Liga, uniendo Gipuzkoa en torno a los colores blanquiazules y dificultando la antaño plácida labor depredadora del Rey León.

José Luis Orbegozo fue el primero que se atrevió a plantarle cara. Profundizó en el trabajo con la cantera y esa labor, unida a una ambición sin límites, dio como resultado un equipo que en las once temporadas que van entre la 71/72 y 81/82 fue capaz de quedar ocho veces por delante de los rojiblancos. Comenzaban los problemas.

El caso Loren abre la espita. Consciente de su mayor músculo financiero y respaldo institucional, se dio cuenta de que la salida para mantener su hegemonía en el fútbol vasco pasaba por una política de acoso y derribo al más cercano. Ello, además de fortalecerle, conseguía el doble efecto de debilitar al rival. Era una jugada perfecta que podía sustentarse en el dinero.

La cuestión es que las grandes figuras de la Real eran intocables por su compromiso con los colores, en una época en la que los millones no tenían el poder de ahora. Así que había que ir a por la pieza más débil, la más fácil de cazar, que no era la más sabrosa pero al menos servía para matar el hambre.

A finales de los ochenta se hizo con Iturrino y Billabona, pero su golpe maestro fue el de Loren. No por los réditos que les dio, sino porque dejó muy tocada a una Real que vivía una época de reconstrucción. Arconada y Zamora se acababan de retirar, el Barcelona se había llevado un año antes a Txiki, Bakero y Recarte y la única referencia ofensiva en Atocha era la de Loren, que a sus 22 años llevaba dos como nueve titular del equipo. Iñaki Alkiza, el presidente de entonces, se vio obligado a tomar una decisión muy complicada, la de abrir la puerta al fichaje de extranjeros. No había otra forma de competir en Primera. Y así llegó Aldridge en 1989.

Etxeberria y ruptura de relaciones. La mano del Athletic también estuvo detrás de otra decisión estratégica que tuvo que tomar la Real, esta vez con Uranga en la presidencia en 1995, y que fue la de elevar el número de foráneos. Hasta entonces Karpin y Kodro se bastaban para dar lustre a un once que incluía a nueve canteranos. En el famoso 5-0 de Anoeta al aquel desdentado Rey León estuvieron presentes los canteranos y guipuzcoanos Alberto, Fuentes, Loren, Pikabea, Aranzabal, Imaz, Luis Pérez, De Pedro e Idiakez. Zubieta funcionaba a la perfección. Enfrente había dos guipuzcoanos, dos alaveses, dos navarros y cinco vizcaínos, entre ellos Urrutia.

Ese verano el Barcelona fichó a Kodro y su recambio natural pasaba por un chaval de la cantera llamado Joseba Etxeberria, que venía de ser máximo golador del Mundial sub-17 en un equipo en el que también jugaban Raúl y Morientes. En su debut como titular en Primera en Gijón marcó dos goles con la elástica txuri-urdin. La venganza del Athletic por aquella humillación sufrida dos meses atrás no tardaría en llegar.

En Ibaigane, el presidente Aurtenetxe se atrevió a decir lo que nadie antes había reconocido. Admitir de forma explícita la política de aniquilación del próximo. «Iremos a por el crack del vecino. El Athletic tiene que ser la selección de Euskadi. En un territorio de tres millones de habitantes no hay sitio para tres equipos». Dicho y hecho. Puso encima de la mesa los 500 millones de pesetas de la cláusula de Etxeberria y se lo llevó. El precio que tuvo que pagar fue caro, porque se extendió por toda Gipuzkoa una fobia rojiblanca que imbuyó a varias generaciones y que es una de las razones de esta larga lista de calabazas que coleccionan en los últimos años en Bilbao. La otra sería la mejora salarial desde Anoeta a sus canteranos, siempre en cifras inferiores a las del poderoso del Nervión.

La Real tuvo que reinventarse. Ante la dificultad de acertar con un solo jugador, se trajo a Gica, Pürk y De Paula, tres atacantes con los que reemplazar el vacío generado arriba. Con el tiempo sería Kovacevic el que acabaría cerrando aquella herida, pero ya no se volvería nunca más a ese esquema de dos foráneos y nueve canteranos, en parte también por la Ley Bosman. En el plazo de seis años, la Real sería tercera con Krauss en 1998 y estaría a punto de ganar la Liga en 2003, aunque la política de contar con tantos jugadores de fuera comenzaba a ser insostenible económicamente.

Salvados por los pelos. Ahora ha estado muy cerca de tener que reinventarse por tercera vez. Perder a Oyarzabal hubiese sido un golpe de incalculables consecuencias con el nuevo Anoeta a punto de ver la luz y la barrera de los 30.000 socios al alcance de la mano. De ese equipo de canteranos que regresó a Primera y fue a la Champions solo quedan como titulares Zurutuza e Illarramendi, y Oyarzabal es el líder de esa nueva hornada que quiere dar un salto de calidad en estos años. Es el heredero del '10' de Prieto y el mejor jugador de su generación (1997) de la Liga. Con voluntad y esfuerzo, ambas partes han conseguido su objetivo de seguir ligados en el futuro. Pero cuidado, que se ha ganado una batalla y no la guerra. Porque la amenaza del león sigue latente. Aunque hace tiempo que ya no sea el rey de la selva.

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