El delantero que se peleó contra los tópicos

La primera vez que te vimos, pensamos que eras un delantero de los 80. Y resulta que eras de dibujos animados

Imanol Agirretxe ha protagonizado una carrera de lucha hasta el final. /Agencias
Imanol Agirretxe ha protagonizado una carrera de lucha hasta el final. / Agencias
Mikel Madinabeitia
MIKEL MADINABEITIA

Nos vamos haciendo mayores. La Real Sociedad está viviendo un año, un verano de nostalgia. Pura y dura. Xabi Prieto, Carlos Martínez, Alberto de la Bella, Carlos Vela y ahora tú, Imanol. Siempre se van los mejores y tu retirada, desde luego, es un día triste para este club. Te lesionaste cuando mejor estabas y te marchas con 31 años. Pronto. Demasiado pronto.

La primera vez que te vimos, pensamos que eras un delantero de los 80. Alto, aguerrido, poderoso en el juego aéreo. Y resulta que eras de dibujos animados. Técnicamente virtuoso, rápido, con alma de delineante. Llegaste en una época en la que se apreciaba un juego más tosco, clásico, lejos del brillo. Pero con el tiempo nos demostraste a todos que merecías una estampa más fina. Los libretos de la época determinaban que la furia eliminaba las tentaciones de estilo y por eso el balón era otro enemigo más dentro del campo. Quizá por eso sufriste tu primera lesión de importancia en aquel penalti que tiraste en tu época del Antiguoko, en el infantil, cuando chutaste con tanta fuerza que te hiciste daño.

Luego pegaste otro estirón. Llegaste al Sanse, la antesala de la Real, y empezaste a conocer de cerca el fútbol profesional. También te tocó bregar y trabajar para que otros se lucieran. No tengo reparos en reconocer que los ojos se me iban a Borja Viguera. Sin embargo, al primer equipo llegaste tú. Te hiciste grande. Y, pese a que todos los veranos te amenazaban con quitarte el sitio (Seferovic, Finnbogason, Jonathas), acababas jugando. Y marcando. Y luciéndote. Con nadie como con Montanier. En aquel año mágico en el que todo te salía redondo. Aquella vaselina, aquel taconazo, aquellos pases con GPS. Aquellos contragolpes. Aquella eterna sonrisa. Cuando estabas más cerca de las estrellas. Cuando eras una más.

Aquel tortazo en el Bernabéu te marcó para siempre. Igual que lo hizo el frontón en tu infancia para que ejercitaras la concentración y los reflejos. Pero nadie está preparado para permanecer tanto tiempo en el pozo de los sinsabores. Un jugador tiene que jugar. Y casi tres años sin hacerlo son una eternidad.

Te vas demasiado pronto. Eso es lo que más me duele. La despedida de un futbolista siempre es un día triste. Amargo. La tuya, aún más. Toda una vida de lucha y de pelea contra los tópicos. Y resulta que el más mascado, «que me respeten las lesiones», ha sido tu enemigo más duro. 31 años son pocos, Imanol. El fútbol te debe una.

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