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El hombre del desierto

IÑAKI IZQUIERDO

La Real más posmoderna abraza el recurso más viejo del fútbol, echar al entrenador. Lo mismo ha hecho esta temporada el Athletic, otro club centenario y de valores tradicionales. Roberto Olabe, el hombre con quien se juega parte de su legado Jokin Aperribay, se enfrenta a su primera gran crisis y necesita resolverla en la temporada más difícil de los últimos diez años. Vuelven a estar en vigor las viejas cuentas. Harán falta 42 puntos para salvarse.

Serán 42 puntos exigentes, además. Adiós a esos años alegres de frágiles equipos descolgados que convertían la segunda vuelta en un pasatiempo sin peligros, donde todo se reducía un contraste superficial de ejercicios estéticos. Esta Liga no es así. Tiene sustancia y 19 equipos que pueden ganar partidos. Eso supone una amenaza directa para todos. La segunda vuelta del torneo va a ser tremenda, y llegar con 19 puntos a Navidad (como saben bien quienes recuerdan la contabilidad de los viejos tiempos, Olabe entre ellos) es poco.

No está claro que esta circunstancia haya sido uno de los argumentos que se hayan tenido en cuenta para el despido de Garitano. Parece que si la Real arregla un par de cosas marchará triunfante por el campeonato, como si no contase la oposición que va tener enfrente, feroz. Se aprecia un cierto adanismo en el fútbol profesional, como si cada cual pensase que la historia comienza con su llegada a un vestuario, a un banquillo o a un despacho. Como si todo el mundo llegase a reinventar el fútbol y solo contase su idea. Pero competir, por definición, es medirse con otros.

En esa línea, la Real quiso empezar de cero, como si todo estuviera por hacer. En parte era así. Del mismo modo que se está minusvalorando la dificultad de este campeonato, el pueblo realista no concede la suficiente importancia a la profundidad del cambio de ciclo en que está inmerso su equipo, despojado en apenas dos años de todos sus mejores jugadores salvo Illarramendi.

La apuesta era arriesgada, porque Olabe no genera unanimidades. Aperribay, que sufrió un inesperado sofocón hace unos meses y debió fulminar el mismo día a Eusebio y a Loren porque el agua de la marea había llegado a la puerta de su despacho, expone su legado con esta elección y necesita ganar. Pero nota la presión y tomó precauciones. Nunca pereció que el primer proyecto Olabe naciera con la confianza por bandera. No permitió que Garitano, un entrenador emparentado con el clasicismo de la Real, pudiera firmar con todo su equipo de trabajo y tampoco dio manos libres a Olabe, el hombre que vino del desierto, para imponer todo su plan. El arreglo a medio camino ha tenido un trayecto corto para el técnico y el proyecto de la ciencia, las nuevas ideas y el conocimiento continúa en manos del entrenador del filial, la solución de toda la vida. La misma que adoptaron en Madrid y el Athletic, por cierto.

Otra realidad que ha aflorado con esta crisis es también vieja: la posición de fuerza de los jugadores, que son intocables y siempre ganan. Tienen el poder que les dan su salario y saberse los únicos imprescindibles, y no dejan pasar la oportunidad de ejercerlo. Los profesionales tienen ojo crítico para detectar las fortalezas y las debilidades de sus colegas y de los entrenadores, y el veredicto siempre es implacable. Tras la tormenta, probablemente, ahora responderán. Ellos son los primeros que saben que, a diferencia de lo que se piensa en algunos despachos y en parte de la grada, el fútbol profesional no es un ejercicio de estilo sino competición. Y saben, perfectamente, que esta es una Liga muy traicionera. Para muchos de ellos, la más difícil que han jugado tras años de vino y rosas. Un torneo que exigirá desprenderse de la superficialidad reinante cuanto antes.

 

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