Competencia desleal

Con las mismas reglas que imperan en Inglaterra, Italia, Alemania y Francia, donde no existen las cláusulas de rescisión, la Real no tendría que vivir una permanente amenaza sobre sus mejores jugadores

Miguel González
MIGUEL GONZÁLEZ

Junto estas líneas desde Esslingen, a quince kilómetros de Stuttgart, donde la Real vela armas antes de sus dos últimos compromisos de pretemporada. Después de tres derrotas en ocho días, los de Garitano necesitan despedir el periodo de preparación ofreciendo una buena versión que les permita afrontar el inicio de Liga del próximo sábado en Villarreal con la moral y las pilas cargadas.

En la terraza del hotel de concentración reina la calma. Esslingen es una localidad que hunde sus raíces en la Edad Media y que se salvó de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, lo que le permite lucir intacto un legado de casi 1.000 años de antigüedad. Pasear por su centro histórico es un viaje al pasado a través de sus casitas de madera restauradas y sus tejados en forma de pico. Cuentan que más de doscientas conservan el mismo aspecto que cuando se construyeron entre los siglos XIII y XVI. Llama la atención la fachada del 'ayuntamiento viejo', de estilo renacentista con su reloj astronómico único en el mundo, así como el viejo castillo, su mayor atractivo turístico.

Un lugar donde el tiempo se detiene resulta ideal para tomar perspectiva sobre la locura que han supuesto los últimos días de mercado en la Premier, que tienen efectos colaterales para los demás campeonatos por mucho que el inglés ya haya echado la persiana.

Distintas reglas de juego. Los 80 millones que ha abonado el Chelsea al Athletic por Kepa han sido el bombazo del verano. Nadie había pagado antes tanto por un portero y quería reflexionar acerca de la situación de inferioridad que viven los clubes de la LaLiga.

En España, a diferencia de lo que sucede en la Premier, la Bundesliga, la Serie A o la Ligue1, un futbolista puede marcharse sin el consentimiento de su equipo si el comprador hace frente a su cláusula. Ello es debido a que los contratos de los jugadores están sujetos a la jurisdicción laboral, que les permite romperlos mediante el pago de la indemnización estipulada en el mismo. Esta situación coloca a la LaLiga en una posición de clara desventaja, sin poner en cuestión que los ingresos que genera la Premier sean muy superiores a los de aquí, que es así.

El Barcelona vio el año pasado cómo el PSG le birlaba por 222 millones de euros a Neymar, uno de los estandartes de su proyecto, pero luego no pudo hacer lo mismo en las grandes ligas europeas para reponer el hueco dejado por el brasileño porque los futbolistas que tienen contrato en vigor en esos otros países no lo pueden romper. Es decir, que salvo que su propietario decida abrirse a un traspaso, no hay nada que hacer por mucho dinero que ofrezcas. Por eso no pudo fichar a Coutinho en verano, porque el Liverpool se cerró en banda a transferirlo.

Ahora el damnificado ha sido el Athletic, que tiene 80 millones en el banco pero un vacío enorme en su portería. Y no hubiera aceptado traspasarle por todo el oro del mundo. Si todos jugásemos con las mismas reglas esta situación no se hubiese producido -ni la marcha de Laporte que desencadenó la de Iñigo-, por lo que ahora no tendríamos que estar sin pegar ojo pendientes de los movimientos del vecino. Una situación no deseada por ellos y temida por nosotros.

Torpedo a la cantera. Hay quien entiende que eliminar las cláusulas supondría situar a los futbolistas en una situación de semiesclavitud, porque les privaría de elegir libremente su futuro y eso atenta contra el derecho de todo trabajador. Pero convendrán que el fútbol poco tiene que ver con el resto de las profesiones.

Que Kepa, por poner un ejemplo, tuviese que cumplir el contrato que en enero firmó libremente para siete años a cambio de cuatro millones y medio limpios anuales, no me parece que sea coartar libertades ni limitar derechos. Porque podría haber firmado por un año. Claro, lo fácil es asegurarte 32 millones limpios hasta 2025 sin atenerse a las obligaciones que ese contrato representa. Ya no hablo jurídicamente, sino moralmente ante un club y una afición.

Porque la marcha del ondarrutarra supone un misil en la línea de flotación del Athletic, ya que impacta de lleno en su filosofía. Hasta ahora los jugadores que se le habían marchado no eran 'zurigorris' de cuna y se entendía que carecían de ese vínculo sentimental con el club. Hablo de Javi Martínez y de Ander Herrera, seguidores de Osasuna y Zaragoza, o del francés Laporte y el riojano Llorente, que vaya usted a saber qué colores impregnan sus venas. Kepa era vizcaíno, rojiblanco y llevaba en el club desde los 9 años, pero tardó un segundo en subirse al avión que le llevó a Londres.

Asumo el potencial económico de una Premier en la que el colista West Bromwich ingresó solo por televisión 107 millones, a la par que el Atlético en LaLiga. Es mérito suyo que vendan mejor su producto, pero no comparto que jueguen con las cartas marcadas. Porque parte de una situación de injusticia que atenta contra la esencia del fútbol: la igualdad.

Primer match-ball librado. En la planta noble de Anoeta hubo quien respiró con el cierre del mercado inglés. El gran peligro del verano era que algún club de la Premier se llevase a Willian José. Una amenaza real que no terminó de concretarse porque ninguna de las dos ofertas que llegaron superaba la mitad de los 60 millones de su cláusula. Y parece más complicado que alguien de LaLiga lo haga.

Queda por saber por dónde pueda atacar el Athletic. Las dos piezas más cotizadas, Illarramendi y Oyarzabal, parecen estar protegidas, no solo por esas indemnizaciones millonarias que tendría que abonar por ellos -70 y 60 millones, respectivamente-, sino por el compromiso sentimental que les unen a los aficionados, aunque en este negocio del fútbol estamos curados de espanto a estas alturas.

Y vuelvo a lo mismo. Con las reglas que utilizan en Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, podríamos dormir a pierna suelta. No viviríamos en una amenaza permanente. Ni el Athletic ni la Real. Y se protegería mucho más a los clubes que trabajan la cantera, unos pocos sentimentales a los que la lluvia de millones de la televisión y el marketing amenaza con llevárselos por delante. Así que permítanme enjugar mi nostalgia cerrando el ordenador y perdiéndome en Esslinger. Que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor...

 

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