Atotxa, mito y realidad

Este miércoles se cumplen 25 años del último partido oficial en Atotxa. Ganó la Real 3-1 al Tenerife, con goles de Kodro y de Oceano, por partida doble

Último gol. Oceano es felicitado por Alkiza y Kodro tras anotar el último gol de Atotxa en partido oficial, el 13 de junio de 1993. Un 3-1 al Tenerife, con dos goles del luso y otro del bosnio./
Último gol. Oceano es felicitado por Alkiza y Kodro tras anotar el último gol de Atotxa en partido oficial, el 13 de junio de 1993. Un 3-1 al Tenerife, con dos goles del luso y otro del bosnio.
Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

Atotxa mejora cada día que pasa. El público cada vez aprieta más, cada partido la Real Sociedad juega mejor y los adversarios tienen más miedo en cada visita. Atotxa. Y eso que han pasado 25 años desde su último partido oficial. El 13 de junio de 1993, la Real ganó al Tenerife 3-1 y Gorriz disputó su partido 599. No jugó ni uno más. Nadie ha vuelto a jugar tantos como él en la Real. Las maravillas que se han visto en el viejo campo del paseo del Duque de Mandas nunca más se volverán a ver.

El recuerdo de Atotxa es una historia a mitad de camino entre el mito y la realidad. La leyenda no hace más que crecer, sobre todo porque cada vez son más los que no estuvieron allí. Es ley de vida. Hoy son mayoría los socios de la Real que son demasiado jóvenes -bendito problema-. Y entre los veteranos, los recuerdos hace tiempo que dejaron paso a la épica.

Todo lo que rodea a Atotxa está envuelto en un aura de romanticismo, que quizá haya dulcificado el recuerdo de aquel campo, en sus últimos años claramente deteriorado. Era imposible continuar allí en aquellas condiciones. Sin embargo, por mucho que se intente exagerar lo que ocurría entre aquellas cuatro tribunas, el relato siempre se quedará corto para recoger toda la grandeza y para reproducir en toda su dimensión el ambiente único que se generaba.

En primer lugar, por un motivo obvio: nunca la Real fue tan grande como cuando jugaba en Atotxa. Y nunca lo volverá a ser.

Gorriz, en hombros en su último partido
Gorriz, en hombros en su último partido

La nostalgia de ese campo nunca se borrará de los corazones blanquiazules, ni con el nuevo y magnífico Anoeta. No lo hará porque allí jugó el equipo campeón y ese es el factor decisivo de la historia del club, la vara de medir, donde todo empieza y termina. Porque cuando se habla de Atotxa, la conversación enseguida gira a las especiales características de aquel campo, pequeño, con la gente encima, casi siempre lleno, muy ruidoso, muy intransigente con los árbitros, intimidatorio hasta el punto de que la lista de rivales que se borraban la semana de viajar a Donostia daría una alineación con varios de los mejores futbolistas de la historia.

Y, sin embargo, la esencia de Atotxa, de donde emana toda su magia,son los grandes equipos que jugaron allí. Desde los héroes de Puertollano que iniciaron la era del profesionalismo hasta el equipo que acababa de abrir la puerta a los extranjeros y bajó la persiana del campo en 1993.

Iribar y Satrus, en el 'Agur Atotxa' definitivo del 22 de junio.
Iribar y Satrus, en el 'Agur Atotxa' definitivo del 22 de junio.

José Mari Martínez, capitán del equipo del ascenso, recuerda una anécdota que explica bien qué era Atotxa en los años 70. «Hice amistad con Rexach, y su mujer me contaba que quince días antes de venir a Donostia le solían entrar anginas, fiebres, molestias… 'Ha inventado el puesto de defensa izquierdo retrasado porque juega más atrás que el lateral para no veros', me solía decir».

Atotxa fue construido en 1913. Para ello, se derribó el velódromo allí existente, lo que provocó la advertencia de monsieur Comet, prohombre del ciclismo donostiarra: «La Real nunca será campeona». Siete décadas duró la maldición. El equipo campeón elevó el nivel del futbol hasta los cielos y, magníficamente adaptado a las características de su campo, ganó dos ligas. La segunda, en Atotxa, el 25 de abril de 1982, al derrotar al Athletic por 2-1 con goles de Zamora y López Ufarte.

904 partidos

En Atotxa se jugaron 904 partidos de Liga, de los que la Real ganó 576. Anotó 1.958 goles y sumó 1.344 puntos, a razón de dos por victoria, como se contaba antes. El máximo goleador del viejo campo fue Jesús Mari Satrustegi, con 96 dianas. El delantero navarro afirma que «Atotxa era especial. Recuerdo que sentía a los aficionados tan cerca que llegaba a oler el humo de los puros cuando me acercaba a la banda. Cuando íbamos a rematar a córner sentíamos el aliento de los aficionados, y el rival también lo sentía. Muchas veces jugaban condicionados por la presión del público. La gente estaba muy encima. Era imposible perder la concentración».

Segunda liga. La Real pasea el trofeo por Atotxa tras derrotar 2-1 al Athletic el 25 de abril de 1982.
Segunda liga. La Real pasea el trofeo por Atotxa tras derrotar 2-1 al Athletic el 25 de abril de 1982.

Los momentos históricos para el club se sucedieron uno tras otro durante los 26 años que pasaron desde el ascenso de Puertollano hasta el cierre de Atotxa. Los títulos, las semifinales de la Copa de Europa contra el Hamburgo, los duelos de poder a poder contra todos los grandes, muchas veces victoriosos. La Real y Atotxa fueron también protagonistas de los vaivenes y los anhelos de libertad de la sociedad, como cuando el 5 de diciembre de 1976 Inaxio Kortabarria y José Ángel Iribar sacaron la ikurriña al campo y la 'legalizaron' de facto, en una imagen icónica del deporte vasco y del país.

Atotxa era un campo especial y el paso del tiempo lo ha convertido en mítico, con merecimiento. Ha borrado las goteras, los problemas de seguridad, las apreturas... Nimiedades de la realidad, que no está a la altura del mito. Porque en Atotxa, salvo en las mejores localidades, se veía mal el fútbol… y en muchos sitios ¡ni se veía! Siempre había una columna en el lugar exacto para impedir ver un gol. En los fondos, si se atisbaba un córner, el otro quedaba fuera del alcance. El movimiento de la gente en las tribunas de pie era como el desplazamiento de las placas tectónicas, más fuerte que un hombre, así que solo quedaba dejarse llevar, independientemente de por dónde fuera la marea.

No se veía, se jugaba

Ver un partido en Atotxa era una actividad. El concepto espectador no existía, había que actuar. Moverse, empujar a la derecha, luego a la izquierda, ponerse de puntillas, sujetar al de delante para que no tapase el ángulo de visión, ganar posiciones en el escalón... Allí el fútbol no se veía, se jugaba. Algo difícil de entender para un asiduo de Anoeta.

Esa sensación era única de Atotxa, el campo más incómodo de Europa, seguramente. Convencer a la UEFA de que ahí se podía disputar un partido europeo era una de las bellas artes. Quizá funcionaba por el olor de la hierba, que brillaba. Porque esa era otra de las características de Atotxa. Se iba una hora antes para coger sitio y al entrar a la tribuna un verde indescriptible y un olor a hierba recién cortada capturaban al aficionado.

Así que, gracias a las estrecheces y penurias de Atotxa, se veía el calentamiento. Y eso dejó recuerdos inolvidables, como el día que Maradona llegó con el Sevilla, muy al final. Queda para la historia el ejercicio que realizó el 10 al margen de sus compañeros. Del mismo modo que cada vez que se cuenta su jugada en México regatea a un inglés más, cada vez que se cuenta su calentamiento en Atotxa ejecuta una filigrana nueva. Imposible saber qué demonios hizo en realidad, pero no importa.

¿Cuál era el aforo de Atotxa? Los más viejos del lugar recuerdan aquellos días en que los empleados de la Real y los socios veteranos cogían a los niños (y no tan niños) y los sentaban en el césped para que no acabasen aplastados contra el murete que delimitaba la grada. ¿Cuánta gente entraba en Atotxa? Demasiada, hasta en los últimos tiempos, ya con vallas. En los partidos grandes, llegar una hora antes no garantizaba nada. Quizá, coger la parte delantera del escalón de la grada, que en esos días en vez de una persona lo ocupaban dos.

Una de las figuras del equipo que clausuró Atotxa fue Carlos Xavier, el hombre que reunía en sí mismo todos los atributos que definen la clase y autor del gol anulado más bonito de la historia del campo, el que habría supuesto el 5-1 y la remontada al Madrid en un partido de Copa. «¡Cómo me gustaba jugar ahí, cómo me acuerdo!» El árbitro no dio gol. Pero fue gol. Claro que fue gol. Atotxa era eso. Algo mucho más grande que la verdad. Un sueño.

Más

 

Fotos

Vídeos