¿Cuándo acaban las obras?

La Real sigue siendo un equipo en construcción en el que su juego colectivo no explota las potencialidades de sus jugadores

Miguel González
MIGUEL GONZÁLEZ

No me refiero a las de Anoeta, que están previstas para finales del año que viene. Sino a las del equipo, que no tienen fecha de finalización. Roberto Olabe, el director de fútbol, utilizó esa expresión al valorar la situación deportiva de la plantilla después de la tres primeras jornadas de Liga en el pasado parón de septiembre. En lo referente al juego, que calificó de «obtuso», fue sincero al reconocer que quedaba «un mundo para parecernos al equipo solvente que queremos ser. Nadie está contento al 100% de lo que estamos viendo». La duda que me surge es hasta cuándo durarán estos trabajos, porque los partidos avanzan y no se atisba mejoría.

En Huesca, al menos, la Real quiso llevarse mejor con el balón. No tanto para profundizar con él, sino más bien para evitar que el contrario le atacase y estar cómodo sobre el terreno de juego. Se fue al descanso con un 56% de posesión y la portería realista no pasó ningún apuro. Contra el Rayo, bastó el gol de Bautista a los cinco minutos para ceder el mando al rival y replegarse en campo propio para defender. Una táctica muy respetable siempre que salga bien, porque se fundamenta en el resultado y cuando este no acompaña lo que queda es el vacío más absoluto.

Un repaso a las declaraciones de Garitano tras los partidos sirve para demostrar que cada día pasa algo diferente. Ante el Rayo fue la ilusión por ganar la que llevo al equipo a precipitarse. Contra el Barcelona, que no se pueden encajar dos goles de córner si se quiere competir al máximo nivel. En Ipurua, que todo jugó en contra. En Butarque, que el Leganés metió centímetros arriba y nos hizo sufrir porque es un campo en el que cuesta sacar puntos.

Los brotes verdes que quise ver en Huesca debieron ser como los de Zapatero en plena crisis económica. Una ilusión óptica. La visita de un Rayo que venía de recibir cinco goles en casa ante el Alavés fue suficiente para confirmar que seguimos teniendo grandes problemas en la elaboración de juego.

No arriesgar es arriesgado

El paso de Juanma Lillo por la Real nos dejó una serie de píldoras que nos ayudan a entender mejor este juego. Una de las más brillantes fue aquella que utilizó para defender su siempre atrevida propuesta ofensiva. «No arriesgar es lo más arriesgado, así que para no correr riesgos, debo arriesgar». Una de esas frases que invitan a la reflexión y que viene como anillo al dedo para explicar lo que le sucede a esta Real.

Al analizar lo sucedido en la pasada temporada alguien en Zubieta debió entender, con buen criterio, que las transiciones defensivas habían lastrado al equipo y que era necesario corregir ese defecto para ser competitivos de nuevo. Hasta aquí perfecto. Pero no a costa de perder todo lo que un estilo de juego reconocible nos había dado, que es lo que está pasando.

El traslado de Atocha a Anoeta hace 25 años trajo consigo un cambio en la forma de jugar de la Real. Aquel equipo que hasta entonces se había hecho fuerte en su singular guarida con un estilo basado principalmente en el carácter y el compromiso, tuvo que reinventarse en un estadio más grande y con el césped más rápido de Primera. Para ganar ahí de forma recurrente era necesario mucho más que correr. Había que jugar al fútbol y hacerlo bien.

Con distintas fórmulas, la Real se ganó un respeto y construyó un estilo, al que cada técnico le fue dando su toque personal. Irureta se apoyó mucho en el orden y el equilibrio, pero jugando siempre con tres o cuatro jugadores muy ofensivos. Krauss adoptó el rombo en el centro del campo, situando a un mediapunta de lanzador de dos delanteros como Darko y Gica. Le acusaban de que los rivales le ganaban el centro del campo pero él lo compensaba poniendo a Mild de falso interior. Sabía muy bien lo que hacía y fuimos terceros en 1998.

El juego debe revalorizar

Denoueix fue fiel al 1-4-4-2, logró velocidad arriba reconvirtiendo a Nihat en delantero y no le tembló el pulso para jugársela con dos veinteañeros como pareja de mediocentros: Xabi Alonso y Aranburu. Casi gana una Liga. A Montanier le llamaban en Francia el 'Guardiola normando' porque convirtió a su modesto Valenciennes en el equipo revelación con un juego valiente y técnico alejado del fútbol físico francés de principios de siglo. Su libreto futbolístico nos llevó a la Champions, pero sobre todo revalorizó a los Griezmann, Vela, Illarramendi, Iñigo, Prieto, Agirretxe... Con Eusebio dieron el salto los Oyarzabal, Odriozola, Zubeldia, Bautista... y jugadores como Yuri o el propio Odriozola experimentaron un salto de calidad importante que les llevó a clubes como el PSG o el Real Madrid.

La historia del fútbol es pendular y normalmente siempre se busca lo contrario a lo que has tenido. Vino Lasarte para sustituir a Lillo. Con Montanier se quería dar una vuelta más al trabajo de Lasarte. La de Arrasate fue la única vez en estos años en que la llegada de un técnico no significó una ruptura con el anterior y salió bien con una temporada 13/14 para el recuerdo con la clasificación para la fase de grupos de la Champions, la semifinal copera y un séptimo puesto europeo. Cuando cayó se trajo a Moyes para dar seriedad al vestuario. Después de que no jugásemos a nada, se fue a por Eusebio para que jugásemos de nuevo a algo. Y ahora queremos la antítesis del actual técnico del Girona.

No me extraña que hasta los jugadores estén mareados. Porque siguen siendo los mismos a los que hace unos meses les decían que lo que hacían era la panacea. Y ahora les dicen que la panacea es todo lo contrario, por lo que no saben a qué atenerse. Y claro, una cosa es obedecer, que eso va en el sueldo, y otra muy diferente creer en lo que estás haciendo.

Por lo que me dicen el paso de Illarramendi y Zurutuza por el banquillo tiene que ver con esto último. Son varios los jugadores que en privado muestran su escepticismo con el camino escogido. Resulta curioso que en este tiempo no carbure ninguno de los dos, hasta hace poco piezas intocables del equipo. Ni Willian José, que no vio puerta en pretemporada. Ni Oyarzabal. Ni un Merino al que le salva su partido en Huesca. Que los mejores hasta ahora hayan sido Zubeldia, Aritz y Zaldua, jugadores con unas características similares y de la zona de atrás, dice mucho de la escasa aparición de los hombres que deben marcar las diferencias en campo contrario y que sin un estilo que les respalde, deben buscarse la vida por su cuenta. A ver cuando acaban las dichosas obras...

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