Abrir campo

Ander Izagirre
ANDER IZAGIRRE

El 22 de junio de 2003 volví a casa pedaleando despacio para no arrugar la cartulina azul que llevaba en la mano y que había levantado como parte de un mosaico gigante en Anoeta. En el reverso de la cartulina, que aún conservo, venía un texto con instrucciones que empezaban así: «Hoy podemos ser campeones de Liga». En el primer recuerdo de mi vida, mis tíos, padres y abuelos chillaron, saltaron, se abrazaron y alguien me levantó en el aire. Yo tenía 5 años y la radio cantaba el gol de Zamora. También recuerdo que al año siguiente salté con mi padre al césped de Atotxa para celebrar la segunda Liga -¡buah!- y que desde el punto de penalti lancé un trallazo imaginario a la escuadra. Los seguidores de la Real esperamos la repetición del milagro, el triunfo inconcebible, el balonazo que desvíe los planetas de sus órbitas: otro gol de Zamora. Ocurre una vez cada cien años. Por eso, cuando perdimos en el último suspiro la Liga de 2003, volví pensando -¡sabiendo!- que nunca vería otra vez a una Real campeona de fútbol.

No tenía ni idea. Lo mejor de esta Copa que han ganado las mujeres es que algunos no éramos capaces ni de imaginarla. La Real femenina se fundó en 2004, justo después de que perdiéramos la última esperanza, y aquello fue el primer paso hacia los partidazos de este año en Anoeta, la final de Granada, los nervios y la euforia en la plaza de la Trinidad, las celebraciones masivas: momentos tan imborrables como los de los años 80. Visto ahora, da vergüenza: en 2003 faltaban las mujeres y no nos dábamos cuenta de semejante boquete en la sociedad, de las posibilidades que perdíamos. Por eso, sin olvidarme de nuestras campeonas del hockey -atxurrak gora!-, a las futbolistas les agradezco el título y sobre todo les agradezco que nos hayan ampliado la vida.