Uno de los suyos

Iñigo nació siendo del Athletic y recaló en Zubieta porque en su día le rechazaron en Lezama. Un golpe duro hubiera sido que Oyarzabal, Odriozola o Illarramendi hubieran cruzado la AP-8

MIGUEL GONZÁLEZ

La marcha de Iñigo supone un contratiempo importante para la Real, más porque se produce a mitad de temporada sin margen para reaccionar ante ella, que por su salida en sí. Desde un punto de vista sentimental hace daño a los realzales porque se trataba de un jugador importante en la plantilla, llevaba seis años en el primer equipo y era uno de sus capitanes. Pero tampoco debemos perder la perspectiva de las cosas.

Iñigo es vizcaíno, nació siendo del Athletic y toda su familia es rojiblanca confesa. Si recaló en la Real fue porque en su día los entendidos de Lezama le rechazaron y un avispado ojeador txuri-urdin le recomendó para que hiciera unas pruebas en Zubieta en edad cadete. Desde entonces fue escalando peldaños hasta debutar en Primera en 2011. En estos seis años su rendimiento ha sido óptimo, en consonancia también al buen dinero que se le ha pagado. No en vano, tras su última renovación era el blanquiazul con mejor salario junto a Illarramendi.

Así que, bien mirado, no se quién se la ha colado a quién. Coger un fruto de la huerta del vecino, sacarle rendimiento durante seis años y obtener ahora 32 millones por alguien que desde los 13 años tenía que haber vestido de rojiblanco, no es un mal negocio. Y ojo, porque en Bilbao han tenido que ofrecerle la mayor ficha de la historia y romper la tabla salarial de la plantilla para llevárselo, porque sabían que otras veces en igualdad de condiciones ya les había dado calabazas. Y eso siendo un zurigorri de cuna. Por eso han ido a por él, porque conocían que, a pesar de estar armados de pasta, era la única pieza que podían tocar.

Desde una perspectiva deportiva, Iñigo llevaba una temporada torcida, llena de lesiones y percances, en la que solo había participado como central en una de las seis victorias de Liga que llevan los de Eusebio. La Real sabía desde que firmó su última renovación en 2016 sin subir la cláusula que sus días aquí estaban contados, por eso fichó a Llorente el verano pasado. Para cubrirse las espaldas.

Así que no creo que su salida sea un drama. La filosofía de la Real se basa en que en sus filas jueguen los mejores guipuzcoanos, acompañados por refuerzos foráneos -formados en Zubieta o traídos del mercado- que les complementen, porque es inviable tener 25 jugadores de nivel de Primera exclusivamente del territorio. Iñigo es canterano de la Real, y eso quedará ahí para el resto de su carrera, pero no nació con ese gen txuri-urdin que comparten los realzales. Por eso su marcha es más entendible. Al final es un vizcaíno que se va al Athletic. Lo normal, ¿no?

Lo que si hubiera sido un torpedo en la línea de flotación sería que hubiesen cruzado la autopista Illarramendi, Oyarzabal, Odriozola, Prieto, Zurutuza o Zubeldia, por poner algunos ejemplos. Blanquiazules desde siempre que aúnan a su profesión un sentimiento por los colores, aunque ello no les impide que un día puedan salir para mejorar deportivamente, como ocurrió con Illarra. Aquí a nadie se le han cerrado las puertas cuando alguien ha creído que necesitaba cambiar de aires, normalmente para ir a un equipo con mayores miras deportivas, aunque no sea este el caso de Iñigo.

No seré yo quién critique las prioridades sobre las que cada uno construye su vida. El Athletic va a pagar a Iñigo el doble que aquí y se va. Punto. En el fútbol hace tiempo que se perdió el amor a los colores. Es una contraprestación de servicios pura y dura, y cuando uno encuentra algo mejor, cambia de aires y se va. Y nadie debe nada a nadie. Quizás sea censurable el momento en el que abandona el barco, con el equipo en una crisis importante de juego y resultados, tratándose de uno de los capitanes. Porque él también nos ha metido en este lío. Posición, la de marcharse, que choca frontalmente con declaraciones suyas en las que decía que nunca se iría «al otro bando». Pero hace tiempo que aprendimos que las palabras se las lleva el viento y tienen el valor que tienen: ninguno. Sobre todo cuando uno puede llevarse cinco millones al año al bolsillo. Así que no hay más que discutir. Pedir la cuenta y agradecer los servicios prestados.

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