Real Sociedad

A la Real Sociedad le cansa jugar entre semana

Decepción. Illarramendi se lleva las manos a la cabeza tras fallar una ocasión ante el Las Palmas./J.M. LÓPEZ
Decepción. Illarramendi se lleva las manos a la cabeza tras fallar una ocasión ante el Las Palmas. / J.M. LÓPEZ

Los de Eusebio han ganado solo uno de los siete partidos disputados con pocos días de descanso

Axel Guerra
AXEL GUERRA

Si algún aficionado del semiderruido Anoeta no lo veía venir, que tire una nueva piedra. El tropezón de la Real Sociedad contra el Las Palmas se rumiaba durante todo el segundo tiempo del partido, según se iba imponiendo la desorganización en la tropa blanquiazul, pero también antes. Seis veces había jugado la Real después de un partido entre semana y solo había conseguido un triunfo. Así que el último patinazo no fue un borrón sino una pauta que se repite.

En esos siete partidos de Liga jugados después de competir entre semana, la Real suma una victoria, tres empates y tres derrotas. Solo le ganó al Eibar después de jugar el jueves anterior el partido más fácil de toda la temporada, en Skopje contra el Vardar. Tras ese viaje de turismo a Macedonia, los de Eusebio se presentaron en Anoeta como si nada y despacharon a un Eibar por entonces en horas muy bajas. El equipo armero dio enormes facilidades y la Real cerró la que sin duda va a ser la semana más plácida de toda la temporada. Lo demás, todo sufrimientos, sudores fríos y disgustos para una parroquia que no ve rival imbatible y, por tanto, descuenta victorias antes de jugarse los partidos. Y luego, pasa lo que pasa. El asalto del Las Palmas a Anoeta -los dos remates de Remy no causaron la demolición instantánea del fondo norte por puro milagro y por las manos de Rulli (otra cosa fue su cabeza)- ha sido el último capitulo de una historia de dificultades que parecen demostrar que a la Real aún le falta el poso de los equipos acostumbrados a jugar cada tres días. Salvo en la inapelable derrota ante el Madrid (1-3), en el resto de tropiezos hubo amplias dosis de errores propios.

Los datos

7
partidos de Liga ha disputado la Real después de haber jugado entre semana. Seis de ellos, en Anoeta.
1
victoria en esos siete partidos, con tres empates y tres derrotas. Seis puntos sumados de 21 posibles.

Los partidos

Real-Real Madrid (1-3)
Derrota tras ganar 4-0 al Rosenborg en Europa League
Real-Valencia (2-3)
Derrota tras perder 3-0 contra el Levante en Valencia en Liga.
Real-Betis (4-4)
Empate tras perder 3-1 contra el Zenit de San Petersburgo
Real-Espanyol (1-1)
Empate tras ganar 0-6 al Vardar
Real-Eibar (3-1)
Victoria tras ganar 3-0 al Vardar.
Getafe-Real (2-1)
Derrota tras ganar 0-1 al Lleida en Copa
Real-Las Palmas (2-2)
Empate tras ganar 0-1 al Rosenborg.

Los problemas de la Real al regreso de un partido entre semana han tenido el agravante de producirse sobre todo en casa. De esos siete partidos, seis se jugaron en lo que queda de Anoeta. La Real perdió contra el Madrid y el Valencia, empató no sin mérito con el Espanyol y firmó una igualada grotesca con el Betis y la última difícil de definir contra el colista Las Palmas. La victoria contra el Eibar permite que la Real, al menos, haya sumado seis de los 18 puntos puestos en juego en su campo. Los otros tres se los dejó con puntualidad en su visita a Getafe. El hecho de que seis de los siete partidos después de jugar entre semana hayan sido en casa podría explicar los problemas de la Real en Anoeta. En Liga la Real suma más puntos fuera que en casa. Los de Eusebio tienen 19 puntos, de los que diez los lograron a domicilio, con la particularidad de que la Real ha disputado más partidos en Anoeta (siete) que fuera (seis). Es el undécimo mejor equipo de la Liga como local y el quinto como visitante.

El personal salió enfadado de Anoeta, por las escaleras de hormigón y las de mecanotubo. La decepción era transversal. Y, sin embargo, el partido del Las Palmas dejó un detalle altamente esperanzador para el futuro, no fácil de distinguir después de asistir a tantos errores en el juego: el optimismo que desprende este equipo es una amenaza para cualquiera. Los futbolistas de la Real se ven superiores a sus rivales, les atacan sin medida, inician maniobras temerarias sin mirar atrás una tras otra y están seguros de que van a marcar gol en cada jugada. Cada derrota es una sorpresa absoluta para el grupo, convencido de que la única opción posible es la victoria. Ese pensamiento se vio claro frente al Las Palmas. Mientras desde la grada -donde se ve el juego, al revés que por la tele, donde se ven las jugadas- se asistía con pasmo a la progresiva desorganización del equipo, desde el césped subía la sensación de que los jugadores se sienten invencibles, de que no hay nada que les pueda frenar. Así van arriba y así se extiende el terror en el graderío, tales son los huecos que se dejan a la espalda. En estos momentos, el equipo va varios pasos por delante de su afición, prudente por naturaleza. Si en otros tiempos la grada tiró del equipo, ahora el grupo de futbolistas es la vanguardia de la Real. Saben a dónde van, un lugar tan bueno que la gente no se lo termina de creer. Esa mentalidad, un optimismo irreductible, es la única que permite pensar en grande y aspirar a algo importante. Eso fue lo mejor del partido. Y puede conducir a un desenlace glorioso.

Los creyentes en el juego defensivo están en franca retirada en los últimos años. El guardiolismo ha dejado el fútbol en un lugar muy alejado del que lo cogió y es a eso a lo que deben adaptarse ahora los equipos. Sin embargo, esa transformación no ha reducido la importancia del juego defensivo, que sigue siendo la base de todos los deportes de equipo. Lo entendió Philippe Montanier cuando puso a su Real a jugar en el borde del área contraria. Las fuerzas conservadoras le acusaban de defender mal: lo que hacía era defender lejos, convencido de que solo dos o tres equipos son capaces de robar, recorrer todo el campo con el balón y llegar al área contraria en condiciones de hacer peligro. El resto, se pierde por el camino. Eusebio, con una defensa con dos laterales pequeños, un central agresivo y dinámico como Iñigo y otro más clásico como Llorente -aunque el domingo se aventuró en el juego abierto por zonas poco recomendables- también estima que jugar lejos es la mejor manera de defenderse. Y puede ser, como pareció demostrar tras el parón de octubre, cuando corrigió los carruseles de goles que venía sufriendo.

Eusebio fue crítico entonces con sus jugadores y estos entendieron el mensaje. Sin convertirse en la Juventus de Trapattoni, la Real entró en una fase de marcadores razonables que le permitió avanzar bien en la Liga (sigue séptima) y clasificarse la Europa League y Copa (salvo hecatombe). Los deberes están hechos. Sin embargo, en algunos aspectos el partido del Las Palmas supuso un retroceso. Ya con el 1-1 se empezó a hacer evidente que el equipo se estaba desordenando, que los futbolistas jugaban con ligereza, sin rigor. Illarramendi fue el primero en darse cuenta, desarbolado por sus propios compañeros que subían, bajaban y se pasaban el balón sin más estrategia que el impulso de ganar. El Las Palmas se dio cuenta enseguida de que ahí había un filón y la grada, que un peligro.

Pero como la Real tiene tanta calidad, se puso por delante, además de forma merecida. Hasta pudo golear, en honor a la verdad. Pero no todos los días van a entrar todas y los canarios aprovecharon esa puerta abierta. En los siete duelos jugados tras partido entre semana, la Real no ha ganado pese a ponerse por delante en tres ocasiones: Betis, Getafe y Las Palmas. Seis puntos al limbo. Quedan dos semanas con dos partidos: mañana, Copa contra el Lleida y el sábado, visita al Atlético; y el día 7 contra el Zenit y el domingo en Anoeta con el Málaga. La consistencia de la Real, de nuevo a prueba.

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