La religión de la gente civilizada

La Real se juega el prestigio en Europa; en Liga, en cambio, la vida

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

En Europa la Real se juega su prestigio y en la Liga se juega la vida. Sin embargo, a estas alturas parecía que la Real había superado la fase de la supervivencia, de cazar para comer, de la agricultura de subsistencia, de la mitología, y había dado el salto a una fase posterior de la evolución, donde las necesidades básicas estaban aseguradas y podía destinar todos sus esfuerzos y su talento a tareas correspondientes a ese estadio superior, como la búsqueda de la belleza, la cultura, el ocio y, por supuesto, el viaje. En resumen, dedicarse, como dice Moses Herzog en la famosa novela de Saul Bellow, a «la religión de la gente civilizada, que es el placer, un placer creador y polifacético».

Pero, llegados a este punto, la Real se ve enfrentada a las preguntas fundamentales. O, más exactamente, a la pregunta fundamental: ¿qué? ¿Qué soy? ¿Qué es la Real?

En los próximos ocho días puede encontrar respuestas. Está en juego si el club, los jugadores, admiten una cómoda retirada a los cuarteles de invierno y aceptan una paz sin sobresaltos y sin aspiraciones, o se ponen en pie y rechazan de plano jugarse su identidad frente a equipos de la talla del Salzburgo o del Levante. Si deciden que la vara de medir a la Real está más alta. En Liga, diez puntos más arriba; en Europa, una eliminatoria o dos más allá. Eso está en sus manos, ya que son mejores que el Salzburgo y que el Levante.

En contra de lo que dice la leyenda popular de que nadie se cansa de ganar, triunfar es agotador. Lo demuestra el acortamiento frenético que han experimentado los ciclos en los últimos tiempos. Desde el ascenso, la Real ha vivido una de sus épocas más exitosas y ningún entrenador ha aguantado más de dos años, a pesar de un ascenso histórico, una Champions, dos Europa Leagues... Nadie, salvo Eusebio, que llegó hace 27 meses.

En este tiempo le ha dado tiempo de frenar un derrumbamiento, firmar una temporada brillante con un fútbol de gran carga ideológica y de perder toda la pujanza sin saber muy bien cómo ha podido pasarle a él. Pero son tiempos cambiantes y hasta los más grandes huyen del encasillamiento. No alargan sus estancias en un club y el fútbol con el que llegan es distinto al que dejan atrás cuando salen.

En los últimos meses, el tiempo ha corrido más rápido que la Real, que no ha acertado más que a verlo pasar, sin poder hacer nada para intervenir. Su juego ha perdido vigencia, está viejo. Ahora, tras ser arrastrada por el suelo en Madrid, solo puede levantarse. Desde luego que hubo un problema de juego en el Bernabéu. El fútbol es velocidad, no elegante contemplación.

Svetislav Pesic fue presentado el otro día como entrenador del Barcelona de basket y le puso el balón en bandeja a Eusebio: «A los jugadores no basta con pedirles que luchen, hay que decirles cómo». Y también avisó: «Si un jugador con tres coches en el garaje no captura un rebote ofensivo, habrá que poner al que no tiene coche».

Hoy no basta con ganar, toca hablar en alemán, un idioma hecho para la razón y también para la poesía, en busca de ese placer creador y polifacético que es ganar y jugar bien.

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