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Medio siglo del ascenso de Puertollano

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La viñeta publicada por este periódico en el que se refleja la incertidumbre que había con el 2-0 en el marcador y la alegría con el 2-2. Era 'El ascenso, visto desde Atocha'.

  • El capitán José Mari Martínez, el portero Díaz y los jugadores Lasa, Arzak, Maiztegi y Esnaola recuerdan como si fuera hoy aquel vibrante ascenso a Primera

El Ayuntamiento de Puertollano (Ciudad Real) pretende conmemorar el partido entre su equipo, el Calvo Sotelo, y la Real jugado el 23 de abril de 1967 porque todavía hoy, cincuenta años después, se recuerda como el acontecimiento deportivo más sonado de su historia. El alcalde y los directivos del Calvo Sotelo están empeñados en recordar de alguna forma aquel día. Llaman y llaman por teléfono a los exjugadores realistas para ponerles en canción, para tratar de que vuelvan a ese campo en el que se escribió una de las páginas más gloriosas de la centenaria Real. «Si para ellos fue la bomba, para nosotros...». Quien reflexiona es José Mari Martínez (Pasaia, 1942), el eterno capitán de la Real del ascenso en Puertollano, del que se cumple las bodas de oro el próximo domingo. Él sigue siendo el que tira del grupo, el artífice de que seis jugadores de aquella histórica plantilla se reúnan en el Estadio de Anoeta para conmemorar aquella tarde de gloria y lo que vino después cuando Gipuzkoa entera se echó a las calles para acompañar a sus héroes desde Arantzazu hasta Alderdi Eder. «Es tocar el chiflo y aparecen todos», dice el 'Chino' Martínez. Son José Antonio Arzak 'Pela' (San Sebastián, 1943), José Luis Maiztegi 'Pinza' (Legazpi, 1939), Javier Eceiza Esnaola (Ordizia, 1943), Ignacio Lasa Araiztegui (Legazpi, 1938) y Raimundo Díaz Barrera (Zumarraga, 1945). No tienen oportunidad de verse a menudo, una vez al año quizás, pero cuando se encuentran es como si no hubiera pasado el tiempo. «Urreisti iba a venir, pero no puede porque le han operado de una rodilla», se justifica Martínez, el presidente de la Asociación de Veteranos de la Real.

Zubiarrain, Díaz, Gorriti, Ormaetxea, Iguaran, Gaztelu, Eceiza, Baqué, Corcuera, Lema, Urreisti, Mendiluze, Sagasta, Cacho, Boronat, Usandizaga, Arregi y Aranbarri completaron ese equipo. «Éramos todos guipuzcoanos», apunta con orgullo Esnaola. Al frente del club estaba un presidente valiente, Antonio Vega de Seoane, que entre sus muchos aciertos tuvo el de incorporar a su Junta a José Luis Orbegozo, que pocos años después iba a construir la mejor Real de la historia.

Ellos fueron los artífices, los que ascendieron en el campo, pero los seis coinciden en apuntar al entrenador Andoni Elizondo como el principal artífice de que la Real ascendiera a Primera después de cinco temporadas en Segunda, algo que no tenía precedentes porque lo máximo que había pasado en el infierno eran tres años. Elizondo dirigió al equipo en varias etapas desde 1966 a 1976 y fue un auténtico trampolín para una época realista que llevó más tarde a la época gloriosa del eibarrés Alberto Ormaetxea con el doble título liguero. «Él fue el que nos puso las pilas, menudas broncas nos echaba...», recuerda Maiztegi. «El ascenso se empezó a fraguar el verano anterior en el hipódromo, donde entrenábamos. Recuerdo que nos pasamos todo el verano corriendo», añade Lasa.

«Si no llega a ser por la ilusión y las ganas que teníamos por subir más de uno hubiera abandonado aquel verano caluroso del 66. Tuvimos cuatro entrenadores en cinco años (Perico Torres, Antonio Barrios, Román Galarraga y el citado Elizondo), aquello hubiera desanimado a cualquiera, pero nosotros queríamos devolver a la Real a Primera después del descenso en 1961», advierte Esnaola. «De hecho -le corta Lasa- Tito Arriaga dejó el equipo por la alta exigencia de aquellos entrenamientos».

Maiztegi, con una memoria envidiable, relata que Elizondo les prohibió beber agua en el transcurso de los entrenamientos. «Pero, entre vuelta y vuelta al hipódromo, nos las apañábamos para beber a escondidas de las mangueras», recuerda entre risas.

«Parece que fue ayer. Llegábamos reventados al vestuario después de los entrenamientos, nos mirábamos unos a otros y nos decíamos resignados 'y mañana otra vez'», dice Arzak.

Fútbol y trabajo

Cuenta el 'Chino' Martínez que el médico del equipo, el añorado Miguel Mari Echavarren, siempre defendía que el fútbol era más duro que el ciclismo. Decía que un ciclista es capaz de completar veintidós etapas en otros tantos días pero un futbolista no puede jugar dos días seguidos. «Las piernas se castigan mucho. Entre los golpes, los esprines, los cambios de ritmo, los patatales en los que jugábamos y lo mucho que pesaba el balón aquello era duro de narices», rememora Maiztegi.

No tenía ese problema Díaz, el guardameta -«no portero porque esos son los de discoteca», puntualiza- que jugaba a fútbol y practicaba atletismo. Era fácil que los jugadores compaginarán el fútbol con su trabajo o los estudios. Díaz llegó a ser campeón de España de salto de altura, con 1,82 metros; fue un consumado lanzador de jabalina y llegó a correr los cien metros en 11.3 segundos. «Era capaz de cargar cuatro jugadores en la espalda. Estábamos como motos», señala.

Esa fortaleza física, esa determinación y esa ilusión del grupo por devolver a la Real a Primera, obró el milagro. La Real ganó catorce de los dieciséis últimos partidos. Entre la derrota de Pamplona en la penúltima jornada de la primera vuelta hasta la victoria mínima sobre Osasuna en el último partido de Atocha, justo antes de viajar a Puertollano, la Real sumó catorce triunfos de quince partidos. Siete victorias primero, una derrota en Tenerife y siete victorias después. «El empate nos valía en Puertollano, pero es el punto que más nos costó sumar. Qué difícil fue», dice Arzak.

- Di Stefano llegó a decir que parte del éxito de la Real lo tuvo Amadeo Labarta, 'El tuerto', el jardinero de Atocha. ¿Es cierto?

- «Algo de eso también hubo, pero eso es más una leyenda... Nosotros regábamos el campo cuando estaba duro para ablandarlo, nada mas. Los rivales decían que en Atocha había barro durante media temporada, pero era más una excusa que una realidad», cuenta Maiztegi entre las carcajadas del resto.

«Desde luego era muy diferente a esta alfombra», apunta Esnaola al tiempo que golpea con su zapato el césped de Anoeta donde mantenemos la charla.

Da gusto escucharles. Cincuenta años después sigue habiendo feeling entre ellos. «Es que éramos una familia. Ni sé sabe las horas que convivimos en autobús. Era nuestra segunda casa. Salíamos de casa a los ocho de la mañana de un viernes, dormíamos en un hostal de Verín donde siempre cenábamos 'torti-chori-morci, jugábamos en La Coruña, volvíamos a dormir en Verín y llegábamos a casa el lunes por la noche, así que calcula las horas juntos en autobús. Con decir que llevábamos una estufa de butano...», relata Martínez.

En uno de esos viajes, en la zona de Mérida, según recuerda Esnaola, el autobús se detuvo para que los jugadores estiraran las piernas «y nos dejamos al delegado Fernando Larrañaga y a Alberto Ormaetxea. Nadie se había dado cuenta de que faltaban. Tuvieron que coger un taxi para llegar al hotel».

Pero eso no era lo más extraño. Juan Mari Anza, el masajista, no viajaba sin su escopeta de caza. Toma la palabra Maiztegi: «El guion era siempre el mismo. El vigía que iba sentado junto al chófer daba la voz de alarma con el autobús en marcha: ¡Palomas! Anza sacaba el cañón de la escopeta por una de las ventanillas y disparaba a la bandada. Si había suerte, que casi siempre estaba de nuestro lado, parábamos el autobús y cogíamos las piezas».

El águila de Atocha

En otro de esos desplazamientos por la zona de Salamanca dieron caza a un águila. «Eran otros tiempos...», justifica Esnaola al ver el gesto contrariado de quien esto escribe. «Iguaran salió corriendo del autobús para cogerla con tan mala suerte que, todavía moribunda, le dio un picotazo gordo», cuenta Martínez. Éste mismo, algo más avispado en asuntos de caza que el resto de sus compañeros, puso sus zapatillas sobre las alas del águila y entonces sí pudieron guardarla en una bolsa.

El ave pasó a ser uno de los símbolos de este equipo y de los que vinieron después porque una vez disecada quedó posada en el vestuario de la Real en Atocha, en una balda en alto. 'No hay buen equipo en el mundo sin garra', recogía la placa que la acompañaba. «Reflejaba bien lo que era la Real, un equipo que no se rendía nunca», subraya Arzak. «Un día quisimos moverla y se rompió en pedazos», dice Martínez.

A la afición por la caza de Anza se unía también su pasión por la pesca, que era la de todo el grupo. En el autobús del equipo siempre había sitio para su caña. En esos largos desplazamientos sacaban tiempo para todo. En una ocasión, en Asturias, cuenta el 'Chino' Martínez, «Anza lanzó tan lejos el anzuelo que se quedó enganchado en la otra orilla del río. Aquello fue mundial. En otra ocasión pescó una anguila, le metimos en un cubo con agua y acabó en el vestuario de Atocha durante un buen tiempo».

- Entre anécdota y anécdota todavía no les he preguntado por el partido en Puertollano en el que Ormaetxea no pudo jugar por estar sancionado y el profesor Mendiluze, lesionado.

- «Éramos todos guipuzcoanos y bastante sosos -advierte Lasa-, pero al año siguiente de Puertollano llegó al equipo el vizcaíno Enrique Silvestre, aquel revolucionó todo. Si tenía dudas de qué jugadores iban a ser alineados, se pasaba al bar de enfrente, llamaba a los vestuarios de Atocha haciéndose pasar por un periodista de 'El Mundo Deportivo' de Barcelona, volvía al vestuario y decía 'tú, tú y tú os podéis cambiar, el resto no jugáis'».

Todos rompen a reír a carcajadas una vez más. No hay manera de hincarle el diente al partido. «A lo que íbamos», clama Esnaola. Aquel 23 de abril de 1967 había cientos de guipuzcoanos en Puertollano. Después de no haber perdido más que un partido desde Navidades parecía imposible caer justo el día en el que bastaba con no perder. La sensación de que aquello se escapaba apareció cuando Argacha marcó para el Calvo Sotelo antes del descanso y se hizo apremiante cuando el propio Argacha marcó el segundo minutos después de la reanudación. El 2-0 ponía a la Real en una situación límite pero era justo lo que hacía falta para superar la tensión que hasta ese momento les había impedido hacer lo que sabían. «Nos dijimos con la de tiempo que llevamos sin perder cómo vamos a hacerlo el día en que nos lo jugamos todo», cuenta Martínez.

La Real no tardó en recortar distancias gracias a un cabezazo de Boronat. Quedaba más de media hora por delante y había que marcar el gol del empate. La gloria quedó reservada para un chaval que debutaba ese mismo día a causa de la lesión de Mendiluze. Jesús Aranbarri, que había cumplido 19 años tres días antes, acertó a dar a su equipo el ascenso.

Quedaban ocho minutos para el final. Había que cerrar el partido como fuera y ahí entró en juego el masajista Anza y su botiquín. Cada jugador de la Real que era frenado con falta requería de la asistencia de Anza. «O eso le hicimos creer al árbitro», dice Lasa. «Ni sé las veces que dejó caer en el césped todo lo que llevaba dentro del botiquín para perder tiempo. Recuerdo que el árbitro, un andaluz muy salado con esa gracia que ellos solo tienen, le preguntó en una de esas '¿Dónde ha dejado el bocata, pisha? Anza llevaba de todo: cuchillos, vendas...».

- ¿Y después?

- «Manteamos a Elizondo, duchamos vestido a todo el que pillamos... La txaranga de la Peña Anastasio, presente en el campo, ya no dejó de tocar con aquel estribillo que se hizo tan popular: 'A Primera, sube la Real, sube la Real, sube la Real... ', con la música del submarino amarillo. Fue irrepetible», rememora Maiztegi.

La fiesta acababa de empezar. «Algunos estuvimos sin dormir 48 horas porque hicimos noche en Madrid antes de llegar a Gipuzkoa», apunta Esnaola. «Yo, de los nervios que había pasado, ni salí del hotel Zurbano en el que nos hospedamos en Madrid. Salieron todos de juerga menos yo. Estaba reventado. No me lo creía», desvela Martínez.

El lunes por la mañana, el 27 de abril, emprendieron la marcha. Todos menos Mendiluze y Ormaetxea, los dos que no habían jugado ese partido. Volvieron en coche. Les trajo el directivo Fernando Larrañaga. El equipo se detuvo a almorzar en Vitoria, en Armentia, antes de entrar en territorio guipuzcoano. Hasta llegar a Aranzazu. Martínez cuenta que su padre había fallecido en septiembre de ese último año y en Aranzazu se encontró con la agradable sorpresa de que los hermanos de su difunto padre le estaban esperando. «Me hizo una ilusión enorme, había mucha gente de Donosti que se había desplazado hasta allí».

«No cabía un alfiler»

Desde Aranzazu, cada parada fue un acontecimiento. El autocar se detuvo en Legazpi, Beasain, Ordizia, Tolosa... La fiesta fue completa. Arzak se acuerda de alguien especial: «En un cruce próximo a Ormaiztegi, en la carretera que va a Zumarraga, había una persona minusválida que se encargaba a diario de regular el tráfico, era un gran aficionado de la Real. Allí estaba esperándonos con una sonrisa de oreja a oreja y puede que también con alguna lágrima».

El nuevo equipo de Primera cruzó Gipuzkoa entre vítores para ya de noche ofrecer a los suyos el triunfo desde el balcón del Ayuntamiento de San Sebastián. «No cabía un alfiler», coinciden todos. Esas fotografías y las imágenes grabadas por una pareja de novios en Puertollano pueden verse en la zona reservada a este ascenso en el Museo de la Real en los bajos del estadio. Terminamos nuestro encuentro en ese espacio, donde el trabajador del club, Iñaki Mendoza, recibe a los héroes de Puertollano. Le brillan los ojos al reconocerles uno por uno.

Caminan directos al espacio en el que están expuestas la camisetas del capitán Martínez y de Iguaran, además del banderín que el Calvo Sotelo entregó a la Real, una entrada al campo y tres pares de botas. Díaz pide a quien esto escribe un recuerdo para los que ya no están: «Por este camino se han quedado algunos como Antonio Vega de Seoane, Jesús Mari Zubiarrain, Juan Mari Anza, Miguel Mari Echavarren, Alberto Ormaetxea, Rafa Mendiluze y Peio Iguaran. Pero los siete siguen estando entre nosotros. Forman parte de nuestra historia».

- Una última pregunta: ¿Hubo prima por el ascenso?

- ¿Primas? «Si nos pusieron a vender rifas en una tómbola en la calle Okendo...», advierte Martínez.

«Algo hubo, pero yo no me acuerdo. El premio era la alegría de la gente», dice Esnaola.

Suena el teléfono móvil de Martínez. «Serán los directivos de Puertollano...», apunta con sorna Lasa. «Ayer mismo me volvieron a llamar», apunta el capitán. «Quieren que vayamos como sea. No van a parar hasta conseguirlo. A ver si todavía escribimos otro capítulo del ascenso en Puertollano...».

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