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La Real vuelve a perder en el Reyno de Navarra ante un Osasuna que supo explotar sus armas
6 de mayo de 2012
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Cazados. De la Bella no tiene más remedio que saltar ante el mayor ímpetu de la entrada al balón de Rubén. :: JOSÉ MARI LÓPEZ
JORGE F. MENDIOLA. ENVIADO ESPECIAL A PAMPLONA | .-

Cada visita al antiguo El Sadar es un suplicio. Un misterio rodea este lugar que lo hace inexpugnable al asedio realista. El recuerdo de los sucesos del año del descenso permanecen hoy vigentes y la memoria de quienes tuvieron la desgracia de participar en ellos parece ejercer de freno de mano emocional a pesar del tiempo transcurrido.

Mikel Aranburu, protagonista de aquella derrota que muchos entienden traicionera, regresaba al escenario del crimen de nuevo como actor principal en sus últimos coletazos como jugador de la Real. No quiso ni mirar a Puñal en el saludo de los capitanes, como si se le clavara en el alma un mal presentimiento ante lo que estaba por venir. No se equivocaba. La Real perdió como casi siempre en recientes comparecencias en tierras navarras: por culpa de un gol poco brillante y una lección de oficio y fútbol subterráneo. Y es que, a estas alturas de la Liga, la clasificación no engaña. El que está arriba es porque lo ha merecido, al igual que el que está abajo se ha hecho acreedor a ese destino.

Aunque su progresión esta temporada es innegable, a este equipo se le siguen atragantando rivales concretos. Uno de ellos es Osasuna y su actual Reyno de Navarra, un campo pequeño, cerrado, agotador para el visitante por el ambiente infernal y el ritmo frenético que confiere al juego. La lluvia y el granizo caídos antes, durante y después del choque favorecieron la rápida circulación de la pelota, circunstancia que en cualquier otro lugar habría beneficiado al que apuesta por el fútbol. No en Pamplona. Las dimensiones del terreno, la proximidad de la grada y la capacidad de los rojillos para convertir cada partido en una guerra a muerte condenaron a la Real a una pelea desigual en arenas movedizas.

No se sintieron cómodos los blanquiazules por ésta y otras muchas razones, como los errores propios, provocados y no provocados, la dificultad para trenzar tres pases con sentido o la falta de coordinación en los desmarques. Ifrán y Vela, dos de los hombres más veloces de la plantilla, intercambiaron posiciones sin éxito, llegando a molestarse en una banda izquierda que nunca funcionó, si bien De la Bella y Demidov -ayer central izquierdo de recurso en sustitución de Mikel González- tampoco ayudaron a la mejoría general. Por la derecha, Xabi Prieto pedía permiso al imberbe Satrústegui para encararle, lo que en términos futbolísticos se traduce en alteración jerárquica.

En la medular, Aranburu y Elustondo cayeron en la trampa de Mendilibar y perdieron toda opción de lanzar los contraataques que con tanta minuciosidad había preparado Montanier. Con este panorama, el gol rojillo no se hizo esperar. No fue en acción combinativa ni nada parecido, sino un barullo en el área plagado de rebotes que cayeron en botas enemigas.

Bravo no acertó a atajar un balón que era suyo, Ibra remató a la madera, Cejudo volvió a meter el centro al meollo y el delantero osasunista no falló al segundo intento. Demasiados regalos para un equipo curtido de oficio como el de Mendilibar, que antes del cuarto de hora ya caminaba por delante en el marcador.

La Real quería, no podía y no sabía por qué. Sólo la estrategia llevó algo de peligro a los dominios de Andrés Fernández, uno de los porteros más en forma del campeonato y que con sus paradas ha lanzado a sus compañeros hacia el premio continental.

Ifrán se inventó un libre directo que él mismo se encargó de poner en movimiento. Su disparo, raso y seco, no sorprendió al meta local pero sí le obligó a estirarse para despejar a córner. La acción inmediatamente posterior sirvió a Elustondo para practicar la volea. No hubo mucho más que anotar antes del intermedio, a excepción de una valiente salida de Bravo a los pies de Ibra tras un nuevo despiste de Demidov.

Bravo evita la goleada

Osasuna pretendía sentenciar el triunfo sin demora y, uno tras otro, sus delanteros se presentaron ante Bravo con insanas intenciones. Por fortuna para la Real, el internacional chileno evitó una goleada dolorosa y mantuvo a sus compañeros con vida hasta el final.

Montanier quemó las naves y dio entrada sucesivamente a Griezmann, Agirretxe y Llorente, quienes con Vela, Xabi Prieto y Zurutuza se lanzaron a por todas. La Real acorraló a su rival -si es posible que la presa cace al cazador- y gozó de no pocas oportunidades para empatar, pero ni el cabezazo de Zurutuza, ni el de Ansotegi, ni el centro de Prieto que se paseó por el área tras rozar en una bota alcanzaron el objetivo. Por contra, cada arreón de los anfitriones parecía el definitivo, como aquella contra de Nino e Ibra que el senegalés malogró por pretender ajustar en exceso el disparo.

El partido se volvió loco en los minutos decisivos, pero el miedo que provocaba la Real era bastante más liviano que el generado por Osasuna. Ahí se demuestra por qué unos luchan por la gloria continental y otros han de contentarse con mantenerse en la élite, por mucho que ése fuera el reto de ambos en los albores de la campaña.

El autobús realista enfiló en silencio hacia Zubieta. Los jugadores eran conscientes de que no habían estado a la altura de la empresa y que, por enésimo año, Osasuna les había mojado la oreja con su hábil manejo de las armas de que dispone. Una lesión fingida por aquí, una falta de las llamadas tácticas por allá, pérdidas de tiempo... El compendio de las virtudes rojillas es infinito y le alcanza para sentirse grande de cuando en cuando. Quizás el próximo año paguen los excesos de la euforia que ayer se vivió en el Reyno de Navarra, con una afición entregada a la causa y jaleando a sus héroes.

Pero ésa será otra historia y serán otros quienes la cuenten. Ya no estará Aranburu, ni Raúl García, ni muchos de los que anoche engrandecieron la leyenda de un campo de cuyo nombre algunos prefieren no acordarse.

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