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ATLÉTICO DE MADRID 1 - REAL SOCIEDAD 1
Una Real descarada e infatigable acorrala al Atlético y salva un punto en el último minuto
3 de mayo de 2012
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Intensidad. Carlos Martínez trata de desbordar por la banda al rojiblanco Koke. :: ALTERPHOTOS/ACERO
JORGE F. MENDIOLA | ENVIADO ESPECIAL A MADRID  

La Real no está de paseo en esta Liga. Ya ha conseguido sus objetivos y disfruta de un cómodo final de temporada, pero ni va a relajarse ni mucho menos a regalar los partidos. La permanencia era la prioridad y hay que felicitarse porque pesa en el bolsillo, aunque en las últimas jornadas se ponen en juego otros retos de alcance.

El más importante quizás sea el crecimiento como equipo y ayer se dio un paso en la dirección correcta. La Real arañó un punto sobre la bocina en el Vicente Calderón gracias a su fe inquebrantable y una propuesta ofensiva que acorraló al Atlético en su propio estadio. Es verdad que los colchoneros disputaron el tramo decisivo del choque en inferioridad numérica por la expulsión del goleador Gabi, como también lo es que mientras jugaban once contra once los de Montanier gozaron de ocasiones para adelantarse en el marcador.

Si algo diferencia hoy en día a este equipo de otros que pelean por cotas superiores, como el Atlético, es la capacidad que éstos tienen para hacer daño con el mínimo esfuerzo. Es lo que ocurrió cerca de la hora de juego, cuando un disparo tan lejano como ajustado al palo sirvió para que los locales se pusieran en franquía. Hasta entonces no habían acumulado los méritos suficientes para sentirse acreedores a semejante premio, pero cuando la igualdad es tanta los pequeños detalles desnivelan la balanza.

La Real no se vino abajo con el 1-0. Al contrario. Una vez recuperada del golpe y los inevitables minutos de desconcierto, se lanzó a por el empate con la misma determinación que había mostrado en el primer acto, cuando la victoria se antojaba un resultado más factible que cualquier otro.

Como suele ocurrir demasiado a menudo, a la Real le faltó precisión para trenzar los contraataques como los imaginaba en su cabeza. O los despejes de la zaga eran excesivamente precipitados -la amenazante presencia de Falcao, Adrián, Arda Turan y compañía invitaba a quitarse los problemas de encima-, o no surgía la figura que asumiera la responsabilidad de aportar ese pase final que rompiera la última muralla madrileña.

Zurutuza se erigió en estandarte de las pretensiones blanquiazules. Firmó una actuación brillante, con peso específico a ambos lados de la divisoria y un talento innato para proteger el balón que para sí quisieran todos los futbolistas del planeta. La Real lo intentaba y, como no le salía, lo volvía a intentar. Sin ceder a la desesperación ni el tópico fácil, porque torres más altas han caído este año. Agirretxe no tuvo el día y desaprovechó una asistencia perfecta de Zuru al enviar al cielo un remate que se veía dentro.

Montanier quemó las naves y dio entrada a toda su artillería. Ifrán, Llorente y Vela fueron pisando verde de forma progresiva, obligando a Simeone a reforzar la retaguardia para evitar malos mayores como los que estaban por llegar. El Calderón se olía la tragedia y calentó el ambiente con cánticos a favor de los suyos. El triunfo de la grada era evidente, pero las cosas no estaban tan definidas en el campo. Ifrán demostró que la Real sí cuenta con un lanzador de faltas y puso a prueba a Courtois con un par de libres directos que provocaron murmullos en la capital. Los córners se sucedían ante la incredulidad del Cholo, perro viejo que ha visto esta película una y mil veces.

Carlos Martínez quiso emular a Puyol en el Mundial y casi revienta el cuero de un cabezazo. E Ifrán volvió a presentarse ante Courtois con tal facilidad que los ánimos del público parecían insuficientes. Y es que tanto va el cántaro a la fuente que termina por romperse. Un despeje defectuoso de la zaga fue perseguido por Llorente quien, desde el suelo, logró tocar el balón en medio del barullo que coloreaba el área pequeña y Vela apareció por allí para empujar el 1-1. Un gol que hace justicia. Por fin.

Un estadio maldito

La Real se marcha hasta los 44 puntos y da la campanada en un estadio maldito para sus intereses. Sólo ha vencido aquí en cinco ocasiones, cifra que resume la complejidad de la empresa e incrementa el valor del empate obtenido ayer.

Si algo quedó claro en el Vicente Calderón es que este grupo de jugadores que defienden el escudo del balón cosido tiene el futuro en sus manos. O en sus botas, para ser más exactos. Porque al despliegue físico y futbolístico de Zurutuza hay que sumar el oportunismo de Vela, la rabia de Llorente, el atrevimiento de Cadamuro, la perseverancia de Ifrán, las filigranas de Xabi Prieto, la solvencia de Mikel González, el desparpajo de Illarramendi, el compromiso en la presión de Griezmann y muchas otras virtudes que emergieron a la superficie en el momento más necesario.

Con estos mimbres, el futuro de la Real está a salvo. Quizás el próximo año se gane en oficio para aguantar el tirón en situaciones delicadas y en malicia para cortar los arranques de furia del rival, cualidades que se adquieren y consolidan con la acumulación de partidos. Pero todo lo demás, lo que viene de fábrica y no se aprende por el camino, se puede encontrar a puñados en Zubieta.

Es el salto que debe dar este equipo para sentirse importante y mirar por encima del hombro a diez, doce o, por qué no, catorce enemigos, con lo que significaría. Con el de ayer son ya siete jornadas consecutivas sin morder el polvo, incluidas visitas no aptas para mentes débiles como a La Rosaleda y el propio Calderón. Y eso, a estas alturas de la Liga, quiere decir algo.

En días como éste uno se lamenta de los puntos perdidos, como el gol fantasma de Vela en San Mamés o el zapatazo de Rubén Suárez en el descuento del Ciutat de Valencia. Sólo con que la fortuna hubiese sonreído con mayor regularidad, hoy estaríamos hablando de otra cosa. Ya llegará...

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