
La Real está en mitad de la tabla a cuatro puntos de Europa y a cuatro del descenso en el campeonato más equilibrado que uno recuerda si nos olvidamos de las dos potencias nucleares de esta Liga. Hasta el día de ayer había tenido grandes días y agujeros considerables. Cada día iba jugando mejor, pero en determinadas situaciones dejaba de competir y se convertía en un hormiguero de nervios. Hasta la noche de ayer.
Ayer se encontró con una situación comprometida de partida, con bajas importantes, una más horas antes de empezar el encuentro, frente a un rival con grandes futbolistas, entrenador nuevo y una necesidad inaplazable de sumar puntos para llegar a puestos europeos y no ver comprometido el presupuesto de las próximas campañas. Bueno, pues la Real se merendó al Sevilla jugando un partido de Primera, manejando los tiempos, mostrando una madurez que yo no le había visto desde hace tiempo y firmando la victoria con dos goles que fueron dos obras de arte.
Es el día de Rubén Pardo. Su primer partido como titular en Anoeta y da un curso magistral de manejo del balón, de presencia en el campo. Encima lo adorna con un golazo de bandera. Le cambian en el momento exacto en el que había que hacerlo. La grada está a punto de venirse abajo. Yo me quito los guantes porque los txalos no suenan como tienen que sonar. Otro día esta crónica habría sido suya entera. Hoy no puede ser. Se la merece el equipo.
A la Real le costó salir con el balón jugado. El Sevilla se ordenó bien y dejaba pocos espacios. Pero los nuestros tuvieron paciencia, supieron hacer frente a esa dificultad. Esperaron sus oportunidades y poco a poco fueron llegando. Puede que sin demasiado brillo, pero con aperturas puntuales que desarmaban al Sevilla.
En el descanso Palop era un hombre feliz. Su puerta había corrido serio peligro en cuatro o cinco ocasiones. Había salvado un gol hecho a pies de Vela y la cruceta le había rescatado en otro tiro del mexicano. Cada ocasión de peligro, fueron unas cuantas, llegó como producto de jugadas en combinación, de cambios de dirección bien trabajados, de sentido colectivo del fútbol.
Por contra Bravo sólo había tenido un sobresalto. En un centro de Manu del Moral que Negredo cabeceó, a pesar de la oposición de Iñigo Martínez. Ni cuando la Real perdió el balón como consecuencia de malos pases en la salida, los estiletes andaluces consiguieron romper a la zaga guipuzcoana. Qué bien defendió la Real.
El segundo tiempo fue lo mismo, pero mejor. También costó tomar el control porque el Sevilla era capaz de mover el balón con sentido, pero poco a poco el centro del campo formado por Markel, Pardo y Aranburu con la ayuda de Prieto -por fin Prieto- fueron doblegando a un adversario que se sentía impotente. Llegaron los goles y Anoeta se convirtió en una fiesta.
Míchel metió en el campo a Kanouté y Rakitic. Montanier respondió dando descanso a un Pardo imperial para que Demidov se encargara del temible media punta de Malí. El partido se espesó, cierto, pero el Sevilla se quedó sin capacidad de respuesta. Era el final perfecto. La muestra de que este equipo no está para adornos sino para seguir ganando partidos.
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