Cuando un equipo quiere algo, salta al campo y coge el toro por los cuernos. Cuando un equipo desea huir de los problemas, acorrala a su rival y no se aparta del camino trazado. Cuando un equipo aspira a mirar hacia arriba y no hacia abajo, gana en casa por mucho Sevilla que tenga enfrente.
Ese equipo es la Real, capaz de batir a un grande venido a menos y devolverle a la cruda realidad de la Liga. Ni los millones gastados estos años ni la labia propagandística de Del Nido evitaron una derrota inapelable de los hispalenses en el estreno de Míchel como entrenador. Y es que anoche no visitaban un estadio cualquiera. Anoche estaban en Anoeta y eso son palabras mayores.
Convencida de sus posibilidades de éxito, la Real salió a por los tres puntos desde el pitido inicial. Dejó atrás los nervios y las dudas y traspasó la divisoria con la seguridad de quien se sabe talentoso en territorio enemigo. Vela, Agirretxe, Xabi Prieto, Griezmann... La calidad abunda en Zubieta y el tiempo empieza a poner a cada uno en su sitio.
Hubo que sufrir, porque en eso consiste básicamente este juego. En sufrir y acto seguido levantarse. La Real padeció por momentos el acoso sevillista por las bandas, con Manu del Moral y Navas como estiletes. Pero con sacrificio, solidaridad en las ayudas y compromiso en la presión, se sacudió el agobio y resolvió con calidad.
Dos golazos, de Vela y Rubén Pardo, sentenciaron la velada del lunes, un día inapropiado para ir al fútbol ante el que la afición blanquiazul respondió con fidelidad. Los cerca de 19.000 espectadores que desafiaron a los rigores del invierno laboral para citarse en las gradas empujaron a los suyos hacia una victoria clave en el devenir de la temporada a corto y medio plazo.
Era el partido que había que ganar, el que separaba el grano de la paja. O cuartos por la cola, con un mísero punto sobre los puestos de descenso, o en la zona templada, tan cerca del peligro como de la gloria. Así es la Liga, una competición no apta para débiles en la que cada acierto tiene premio y cada error, castigo.
La Real era consciente de lo mucho que había en juego y se puso manos a la obra. Primero, tocando en horizontal. Sin prisa ni pausa, buscando la mejor elección, el pase menos arriesgado, para superar las líneas andaluzas. Hubo que armarse de paciencia y repetir la operación una y otra vez hasta dar con el agujero, que los había. Y muchos.
Al Sevilla le faltó el orden que sí demostró la Real, ese oficio que en anteriores comparecencias le ha servido para llevarse el botín de San Sebastián. Pero Míchel acaba de aterrizar en el banquillo y el buen rollo que imperaba en la reciente época de los títulos domésticos y continentales sólo aparece hoy en los libros de historia.
Ya lo advirtió el técnico madrileño el día de su presentación oficial: éste no es el Sevilla campeón. Suscribo sus palabras. No lo es y por eso se estrelló contra la Real como esta misma campaña le pasó al Barcelona y casi, casi al Madrid. El brillo de los escudos con mayor tradición no ciega a los txuri urdin porque ellos lucen el más brillante y tradicional de todos: el de la Real. Y eso, en términos de adhesión de fuerzas, tiene un valor incalculable.
Porque si algo han aprendido en Zubieta es que la camiseta no gana partidos, pero tampoco los pierde. Con esa lección grabada a fuego en sus corazones, los once canteranos que ayer pisaron la alfombra amaratarra hicieron piña con los compañeros llamados a marcar las diferencias para devolver a sus gente la emoción del triunfo y el orgullo de unos colores.
Anoeta vibró como pocas veces en lo que va de ejercicio y aupó al equipo en los tramos complejos. Al inicio del segundo acto, por ejemplo, cuando con 0-0 en el electrónico y el Sevilla metiendo miedo jaleó un contraataque que finalizó con volea cruzada de Vela. El mexicano sigue escatimando esfuerzos en el trabajo de base, pero su zurda acaricia el cuero como ninguna.
Rubén Pardo fue el descubrimiento de la jornada. Había debutado como titular en el Camp Nou y ayer se propuso sacarse la espina de aquella tarde gris. Ofreció un amplio repertorio de pases en largo, cambios de juego y conducción que coronó con un trallazo desde fuera del área para reventar las redes de Palop.
El chaval no suele ser excesivo en sus demostraciones, pero celebró el tanto de la tranquilidad con la rabia de quien ha luchado toda una vida por llegar a ese instante, efímero pero inmortal en la memoria del realismo. Gol de Pardo y victoria de la Real, un binomio que promete no ser novedad de aquí a poco tiempo.
Hasta Xabi Prieto destapó el tarro de las esencias para sumarse a la fiesta colectiva tras el intermedio. El diez lucha por salir del pozo y cada semana da un paso adelante en su progresión. Es el estandarte de la Real y el equipo le necesita. Necesita que encare y desborde, que sea borde y descarado, que avergüence a su par con maniobras imposibles y levante al público de sus asientos. Bienvenido.
Nada de esto habría sido posible sin la entrega y colocación de los Aranburu, Iñigo Martínez, Markel Bergara, Mikel González y compañía, jugadores de corte y destrucción que también se manejan con el balón cuando las circunstancias lo permiten.
Sería injusto no citar a los catorce titanes que ayer inundaron de júbilo e ilusión el cielo donostiarra, pero el éxito de la Real no se basa en las individualidades. Son éstas las que atinan con el último pase o transforman en remates imparables cualquier pelota que llueva sobre el área, cierto. Como no es menos verdad que para que la apuesta global derive en victoria es preciso que cada pieza del mecanismo funcione a la perfección. Quizás no con tanta espectacularidad, pero siempre con un rol que desempeñar en pos del bien común.
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