Lástima que el personal haya perdido la vieja costumbre de acudir al campo con pañuelo por si la ocasión lo merece. Porque en caso contrario, Rubén Pardo habría salido de Anoeta entre un mar de pañuelos blancos en reconocimiento a un partido que dejó con la boca abierta al público, incrédulo ante el soberbio recital de pases y pausas que el chaval redondeó con un soberbio golazo desde fuera del área que aseguró la victoria del equipo.
Debido a ese cambio de costumbres, Pardo, riojano de Rincón de Soto y 19 años, se tuvo que conformar con que Anoeta le despidiera puesto en pie y aclamándole al grito de «¡Pardo, Pardo, Pardo!» No es lo mismo que un estadio agitando los pañuelos al viento, pero tampoco en los frontones los aficionados lanzan ya la txapela a la cancha para celebrar un tanto memorable. Debe ser el signo de los tiempos.
De los tiempos que vienen, claro, porque si algo tiene Pardo es futuro, como buena parte de sus compañeros en esta aventura maravillosa de construir la gran Real del siglo XXI. Griezmann, Illarramendi, Iñigo Martínez, Agirretxe, Zurutuza, Cadamuro, Elustondo... Todos ellos tienen lo mejor de sus carreras por delante y parece que se ha establecido una sana competición entre ellos por ser el líder de una generación dorada.
Aún les falta todo por demostrar y conocerán la dureza del fútbol profesional, que a cambio de un minuto de triunfo exige años de sufrimiento, pero que lo compensa todo en una tarde de gloria.
Cuando le llegó el balón
Ayer fue la primera de Rubén Pardo. Volvió a ser titular, como una semana antes en Barcelona, y volvió a parecer el aprendiz del negocio, ante la presencia física de varios de sus rivales. Se colocó junto a sus dos compañeros de fatigas en el Camp Nou y se puso a correr.
Los diez primeros minutos de tanteo no dejaron espacio para el lucimiento de nadie, tampoco del 27 realista. Corrió como todos, ayudó y miró a los ojos al Sevilla para intentar descifrar con qué intenciones había llegado a Donostia. Ver a Palop bajo palos alentaba la duda. Era todo un mensaje: el peso pesado del vestuario vuelve al once, así que los jugadores se han puesto al mando de ese equipo.
Pero en el minuto diez cambió el partido porque el balón le empezó a llegar a Rubén Pardo. Empezó a jugarlo con claridad y clase. El cuero salía tan limpio de sus botas que parecía silbar en el aire de Anoeta. Todo el mundo fue con gorro, guantes y bufanda y como el frío no era para tanto la gente se iba calentando. Se iba calentando al ritmo que marcaba Pardo, que empezó a mover al equipo, un pase en corto aquí, uno largo allá, un segundo de pausa, un acelerón inesperado. Así empezó a gobernar el partido con un desparpajo asombroso para un chico que jugaba su segundo partido como titular en Primera.
Anoeta, que con 19.000 espectadores volvió a mostrar su cara más entendida, apreció el criterio y la determinación que impuso el riojano al juego. Siempre eligió la opción correcta y de sus botas salió el arranque de varias de las mejores acciones de la Real en el partido. Encontró la forma de desahogar el juego con precisos cambios de orientación y, lo más llamativo, pareció un centrocampista disciplinado en el juego defensivo colectivo, que ayer alcanzó su mayor altura en lo que va de temporada.
Se entendió bien con Markel Bergara y Aranburu, lo que viene a reforzar la tesis de que el patrimonio común de Zubieta, compartir la misma tradición futbolística, consigue formar jugadores que juntos son más que la suma de sus individualidades. Sucedió con el triángulo mágico Elustondo-Aranburu-Zurutuza y ahora se repite con un trío de características muy distintas, como Markel-Aranburu-Pardo.
Y en esas estaba Anoeta, disfrutando de un partido de verdad, cuando Rubén Pardo decidió salir por la puerta grande. Soltó un derechazo terrible a la escuadra del Sevilla que dejó la portería temblando y el partido decidido. Misión cumplida. Se fue saludando. «¡Pardo, Pardo, Pardo!»
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