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LA CONTRACRÓNICA
Una bravísima Real resistió a un Messi en estado de gracia y amenazó a los campeones hasta el último segundo
5 de febrero de 2012
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Pedían la hora
Pardo, Markel y Aranburu presionan a Messi para tratar de arrebatarle la pelota. :: AFP
FERNANDO BECERRIL | .-

El Nou Camp dejó escuchar un murmullo de protesta cuando el cuarto árbitro mostró el luminoso con los cuatro minutos de prolongación. La aristocrática afición culé protestaba cada vez que el balón se acercaba a su área empujado por unos realistas rabiosos que querían el empate a cualquier precio. No pudo ser, pero esta vez la imagen del equipo ante un notable Barcelona fue la de un equipo con recursos para hacer frente a cualquier temporal.

La Real afrontó el encuentro sin renunciar a sus señas de identidad. Montanier puso en juego a los futbolistas que tenía disponibles con el sistema de juego con el que están acostumbrados a jugar. Si no está Zurutuza, meto a Rubén Pardo. Si faltan Elustondo e Illarramendi, entra Markel Bergara. Coloco a Xabi Prieto para tratar de dar un punto de pausa y apuesto por la velocidad de Ifrán y por su olfato de gol.

Con ese sistema no es fácil contener al Barcelona, pero de cualquier otra manera tampoco y al menos te ahorras el apuro de quedar como un equipo devorado por el miedo. Los realistas tuvieron la primera en una salida espectacular. Ninguno de los dos equipos querían hacer prisioneros. Bravo salvó ante Messi y unos segundos después Valdés evitó el gol de Ifrán.

Aquel intercambio de golpes terminó pronto. Cuando dos boxeadores se dedican a soltar toda su artillería, el que se queda de pie es el que pega más fuerte. Y ése se llama Messi. Recibió un balón con un metro de libertad y metió en profundidad al joven Tello. Ni apretamos a Messi ni Charly cerró el pase ni Bravo estuvo fino en su salida. A los ocho minutos ya estábamos perdiendo.

Encajar un gol en el Camp Nou en los primeros diez minutos es sinónimo de goleada. Esta vez, no. El Barcelona tuvo media docena de clarísimas ocasiones, pero sólo hizo dos. La Real tuvo tres inmejorables y Valdés salvó las dos primeras. Además vivió con inquietud un cuarto de hora final en la que la alerta naranja no era por el hielo sino por la ambición de los nuestros.

Tuvo la Real el mérito de no perder la cara al partido, de tratar de sacar el balón jugado y de lanzar a Ifrán en busca de un hueco en la que es mejor defensa del continente, aunque la fama se la lleven sus compañeros de arriba.

El segundo tiempo fue una pelea cerrada. Los problemas se recrudecieron porque el esfuerzo de los nuestros se dejaba notar y en defensa se concedían espacios que antes no existían, pero Valdés también tuvo que salvar a los suyos antes de que Messi hiciera el segundo. Pero ni siquiera ese golpe desarmó a la Real.

La prueba fue que un momento después Griezmann puso a Vela un balón maravilloso para que el mexicano marcara el gol realista y devolviera el partido a la situación anterior. No, en realidad, no. Lo que sucedió es que empezó un partido nuevo en el que la Real se impuso por coraje a un Barcelona que no entendía qué estaba pasando.

El balón rondó el área azulgrana, la presión realista en campo contrario les impedía sacar el balón jugado y el Barcelona se tenía que multiplicar en defensa, mientras un rumor sordo recorría a una afición helada y no sólo por el tiempo. ¡Pedían la hora! Qué placer. Sólo faltó el gol del empate. Hubiera sido perfecto.

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