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4 de febrero de 2012
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JORGE F. MENDIOLA | .-

Hay dos maneras de encarar la visita al Camp Nou: la de los perdedores y la de los valientes. Los primeros llegan al estadio y se dejan impresionar por sus dimensiones, la verticalidad y altura de las gradas, el lujo que acompaña al futbolista desde que pisa el vestuario, el recuerdo de las grandes figuras que aquí desplegaron su magia... Se hacen unas fotos, pierden 5-0, le piden la camiseta a Messi y se vuelven tan felices a casa porque podrán presumir ante sus nietos de que una vez jugaron en el coliseo azulgrana.

Los segundos, los valientes, bajan del autobús y saludan al guardés con la seguridad e indiferencia de quien no se siente menos que nadie. Entran en la caseta y tuercen el gesto porque no es tan magnífica como imaginaban. Saltan al campo y sólo se fijan en el césped: corto y rápido. Perfecto para jugar. Se cambian, se concentran, calientan y cuentan los minutos que faltan para el pitido inicial.

Empieza el partido y hacen la primera falta. Dura, no violenta, para que el árbitro no se venga arriba con las tarjetas. A Messi, si es posible. O a cualquiera de los buenos, que hay unos cuantos para elegir. Se emplean con máxima intensidad en cada duelo y no se rinden aunque el balón ni se acerque a sus dominios. Siguen corriendo tras él y punto. Sin descanso; sin dolor. Como si no costara. Cuando lo recuperan -ese momento llega, tarde o temprano- no se lo quitan de encima como hacen los perdedores. Controlan, levantan la cabeza y salvan la presión con una rápida combinación en corto. Alcanzan la medular, otean el horizonte y envían en largo para el compañero más veloz y, a poder ser, más valiente. Recuerden que un garbanzo negro basta para estropear el cocido. Da igual que la cosa no acabe en gol. Si el disparo golpea con fuerza la valla, el efecto disuasorio es el mismo.

Dicen que de valientes está lleno el cementerio y probablemente así sea. Echarle morro en el Camp Nou no es sinónimo de éxito, pero al menos la derrota se encaja con orgullo. Aunque caiga la inevitable manita. Por intentarlo, que no quede.

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