La Real no remonta el vuelo. Otro partido plano, y ya van unos cuantos, se resolvió con empate sin goles. El resultado fue lo único positivo de la calurosa tarde dominical. Por lo demás, bien poquito, por no decir nada. No hubo ritmo, ni intensidad, ni precisión, tres virtudes que podrían solucionar los problemas que acucian al equipo y que, por ahora, siguen brillando por su ausencia.
El panorama es desolador. Contra el Getafe, otro rival directo que no demostró ser mejor, la Real ofreció su peor versión y transmitió una imagen pobre, muy lejos de lo que se le presupone por potencial. La actitud no es la adecuada y muchos de los elementos vitales de la plantilla atraviesan un momento bajo.
Antes, cuando los obstáculos se antojaban insalvables, los txuri urdin tendían a apoyarse en Xabi Prieto, su hombre más desequilibrante. Ayer, ni ese recurso funcionó porque el diez no está. Quiere, pero no puede, para desesperación de compañeros y alegría de enemigos. Con Prieto fuera de combate, la Real queda reducida a una caricatura de sí misma y no le cuesta caer en la desesperación durante amplias fases de los partidos.
Philippe Montanier cambió el dibujo con la intención de remediar las dificultades que encuentra el centro del campo para dominar el juego. Aranburu se quedó en el banquillo y Mariga y Zurutuza formaron el doble pivote, con Xabi Prieto y Griezmann en las bandas e Ifrán y Agirretxe en punta. Del 4-3-3 al 4-4-1-1, un viaje infructuoso hacia ninguna parte.
El míster buscaba incrementar la presión sobre el inicio de la jugada del Getafe, pero el compromiso defensivo de los puntas apenas duró media hora. Después, los zagueros madrileños superaban las primeras líneas sin aparente exigencia, lo que convirtió el choque en un ir y venir absurdo en el que Mariga naufragó ante la mirada fatigada de Zurutuza, quien tuvo que multiplicarse para llegar a todo.
Griezmann trató de poner buena cara al mal tiempo y desoyó los silbidos de un sector de la grada para emplearse con la tensión habitual. Suyo fue el único remate con peligro entre los tres palos, un bagaje ofensivo que habla por sí solo.
Las variaciones tácticas no resultaron como se habían trabajado durante la semana en Zubieta. La privacidad y tranquilidad con que Montanier pudo preparar el encuentro no surtieron efecto. A la Real le sigue doliendo donde siempre y, hasta la fecha, nadie acierta a descubrir la medicina.
Eso es lo más preocupante y lo que exaspera a la afición, que ayer empezó a dar síntomas de agotamiento en su incondicional apoyo. Sólo la peña Mujika, de celebraciones por su treinta cumpleaños, mantuvo el tipo ante el espectáculo que emanaba del césped, aunque con el devenir de los minutos también cayó en el desánimo general.
Y es que el duelo fue languideciendo según avanzaba el reloj. Será el calor que acompaña a la Real en este arranque liguero, será el viento sur que sopló con fuerza hasta el descanso. El caso es que las señales son cuanto menos inquietantes y no se atisba reacción alguna.
¿Qué le pasa a este equipo? Es la pregunta que se hace la calle. El proceso de desacoplamiento en que ha caído la Real se acentúa cada jornada. Si en Mallorca los postes escondieron una realidad imposible de no apreciar, en el derbi y contra el Zaragoza las evidencias salieron a la superficie. Ayer, únicamente la mala puntería del Getafe -Pedro León rozó el larguero en el descuento- impidió que hoy se hable de la cuarta derrota consecutiva.
Problemas en las áreas
Desde el verano se veía que a la Real le duele en las áreas. Le cuesta un mundo perforar la red contrario y cualquier detalle es suficiente para que le destrocen la propia. Los goles de Víctor, Fernando Llorente y Hélder Postiga son el mejor ejemplo de la endeblez defensiva blanquiazul.
Arriba, la falta de confianza y compenetración de los atacantes impide que los buenos propósitos se transformen en puntos. Agirretxe ya ha marcado cuatro y poco se le puede reprochar en este sentido. A Estrada e Iñigo Martínez se les apareció la Virgen contra Granada y Athletic, mientras Griezmann certificó la remontada ante el Barça. Siete goles en ocho jornadas no son cifras que aúpen regularmente a un equipo al triunfo.
A ello hay que sumar las lesiones que merman el rendimiento de figuras como Vela o Llorente, cuya participación es testimonial. El hondarribiarra lucha contra su destino y quiere verse mejor de lo que en verdad está, pero no lo consigue. Su ausencia pesa el doble porque a la Real no le sobra carácter ni personalidad, como volvió a confirmarse ayer.
Un ejemplo práctico: el Getafe comete una falta dura en el inicio del contragolpe y el árbitro no hace ademán de llevarse la mano al bolsillo. Viendo que nadie se le aproxima para protestar, cree haber actuado con justicia y ni siquiera duda de su decisión. En otros estadios, con otros equipos, esto no ocurre dos veces porque la primera el trencilla es devorado por los jugadores.
Ahí nacen muchos de los males de esta Real, que sabiendo que no vive sus horas más felices no intenta compensar la falta de argumentos futbolísticos con tensión y agresividad. Es un equipo cómodo, para el árbitro y el rival, y así no se puede ir por la jungla de Primera División porque te muerden los peces chicos y te engullen los grandes.
Pese a todo, la situación clasificatoria no es mala. Con ocho puntos en su haber, la Real navega sin rumbo en la zona templada de la tabla, con un ojo puesto en la lucha por evitar el descenso, que se aprieta cada día. Los próximos envites ante Levante y Real Madrid, ambos en zona de Champions, ayudarán a contrastar la fortaleza txuri urdin. Quizás el punto de ayer sirva para ganar tiempo, que es lo que más necesita el equipo en estos momentos de titubeo. Esta semana puede ser reveladora.
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