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La Real Sociedad tuvo veinte minutos de esperanza que Goitom se encargó de apagar con un golazo.
11 de noviembre de 2010
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| ALMERÍA.-

Veinte minutos le duró la esperanza a la Real en el estadio de los Juegos Mediterráneos. Fue el tiempo que tardó el Almería en marcar y cerrar la eliminatoria. Los txuri urdin eran conscientes de la dificultad que entrañaba remontar el 2-3 de la ida, pero en ningún momento se arrugaron. Ni siquiera cuando la machada adquirió tintes épicos. Mantuvieron el tipo con cierta dignidad e incluso estuvieron cerca de adelantarse en el marcador, aunque los errores defensivos terminaron por condenarles.

Agirretxe protagonizó la jugada que podía haber variado el signo del partido. El usurbildarra no atinó a conectar el remate en boca de gol tras una interesante dejada de Griezmann. El meta Esteban, muy nervioso toda la noche, no se creía su suerte. Podía haber sido el golpe de efecto que cambiara el escenario. Corría el minuto 8 y la cosa pintaba bien.

Por desgracia, la posibilidad real de dar la campanada fue un mero espejismo. El Almería no perdonó en la primera ocasión de que dispuso y, gracias al talento de Goitom, sentenció el pase a octavos de final. El sueco recibió en carrera, recortó a su par y alojó el zurdazo con rosca lejos del alcance de Zubikarai. Un auténtico golazo que llevó la alegría a las gradas del estadio almeriense y sumió en la frustración al banquillo visitante.

No se puede decir que la Real hiciera un mal partido. Aceptó el reto de Lillo de dominar la posesión y trató de mover la pelota de un lado a otro, pero le faltó un punto de velocidad y dos de precisión. Los realistas llegaban con cierta facilidad a tres cuartos de cancha, aunque sus ilusiones morían cuando había que dar el último pase o meter un centro certero al área. Y es que este equipo sufre si tiene que proponer. Se siente más cómodo cuando es el otro el que lleva la iniciativa y aprovecha un error para lanzar la contra, pero ayer los papeles se intercambiaron para su desesperación.

Griezmann y Sarpong intercambiaban posiciones con asiduidad, movimientos que no lograron descentrar a la muralla andaluza. Xabi Prieto, con libertad total en la mediapunta, era de los pocos que acertaba a hilar fútbol de verdad, del que hace daño al enemigo.

El Almería, en cambio, se dedicó a esperar bien plantado en su terreno, sabedor de la rapidez de sus dos delanteros. Ulloa y sobre todo Goitom aceleraban hasta el infinito y más allá si sus compañeros recuperaban el cuero, algo que sucedió en no pocas ocasiones. Pérdidas tontas o balones llovidos que eran despejados con facilidad por la zaga local. La Real, volcada en ataque, en especial tras el 1-0, corría casi siempre a remolque de su rival, lo que generó varias situaciones de riesgo para Zubikarai.

El reloj jugaba en contra de los intereses blanquiazules, un hándicap que sumar a la ya de por sí pesada losa que suponían los tres goles que debía marcar la Real para avanzar en el torneo del KO.

Nada de eso despistó a los jugadores, pacientes en la creación hasta límites insospechados. Griezmann y De la Bella intentaban enlazar sus fuerzas como en Anoeta y Estrada ayudaba en lo posible a Sarpong. Elustondo se responsabilizó de llevar la pelota hasta zona de peligro y Agirretxe, incansable en la pelea con los centrales, buscaba sin descanso una nueva oportunidad.

La remontada se convirtió en imposible a la vuelta de vestuarios. El Almería pisó césped con decisión y estableció el 2-0 tras una mala salida de Zubikarai en un córner. Ulloa, abonado a machacar a la Real, marcó a puerta vacía.

Sin nada que perder, Lasarte ordenó a los suyos que siguieran atacando, aunque ello significara arriesgarse a encajar una derrota sonrojante. El fútbol le dio la razón con el gol de Agirretxe en el minuto 50, tras tocar Griezmann un servicio de De la Bella.

El guión no varió. El Almería continuaba agazapado y era la Real la que tenía que generar, lo que provocó numerosos contraataques de los de Lillo que, afortunadamente, no llegaron a buen puerto.

Llorente, Aranburu, Viguera...

Llorente sustituyó a Sarpong como recurso de emergencia. Todavía había que marcar dos goles para forzar la prórroga, un mal menor viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos, y la entrada en acción del hondarribiarra pareció dar aire al equipo. Irrumpió como un elefante en una cacharrería, como en él suele ser norma, y Mateu Lahoz rebajó su frenesí con una prematura amarilla.

También saltaron desde el banquillo Aranburu, quien formó en el doble pivote junto a Elustondo, y Viguera, mandando a la ducha a Rivas y Agirretxe. Lillo recogió el guante y reformó su once en busca de un mayor equilibrio en las transiciones, pues veía que la Real se le podía subir a las barbas si conseguía empatar el choque.

Lo tuvo en sus botas Griezmann, de disparo lejano que Esteban desvió a córner, y también Mikel González, pero su volea en el segundo palo no encontró portería. Pese a la insistencia txuri urdin, el electrónico ya no se movió.

La aventura copera llega un año más a su fin y lo hace de manera abrupta, ante un rival que no es mejor -aunque ha sido superior en el cómputo global- y con doble derrota en la ida y en la vuelta.

Al menos no se puede acusar a la Real de arrojar la toalla, ni mucho menos. No lo hizo ni con dos ni con tres goles de desventaja. Pero dio demasiadas facilidades a los delanteros del Almería y eso hay que apuntarlo en su debe. Siempre nos quedará la Liga. Enorme consuelo.

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