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EL PERFIL
En año y medio ha conseguido sanear el club y devolverlo a Primera División. El 21 de diciembre de 2008 la Real no tenía más futuro que la extinción, hoy está de nuevo en su espacio natural
14 de junio de 2010
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FERNANDO BECERRIL.-

Hacer un perfil de Jokin Aperribay, trigésimo presidente de la Real Sociedad, en un día como el de hoy, tiene múltiples riesgos, especialmente el de convertir el análisis en una oda a la capacidad de gestión y al trabajo bien hecho. No es fácil encontrar puntos oscuros en el año y medio de su mandato porque en ese tiempo la Real ha salido de las profundidades a las que había caído por una suma de equivocaciones, ingenuidades y malas intenciones y vuelve a ser dueña de su destino. Está de regreso en Primera División y tiene un plan razonable para ir pagando las deudas contraídas más allá de la prudencia y de la razón.

Jokin Aperribay es un empresario que nació en Deba hace 44 años. Es Géminis, aunque no se le ha visto dudar demasiado en todo este tiempo en el que ha asumido la responsabilidad de devolver a la Real su dignidad y su prestigio. Dirige una empresa líder en su sector y compatibiliza sus tareas profesionales con la gestión de una entidad de la dimensión de la Real sin que se le note ni la presión ni la fatiga.

Gran aficionado al fútbol, fue portero en sus años de deportista, es seguidor de la Real desde la infancia. Ya había acompañado al equipo en numerosas ocasiones antes de hacerse cargo de la presidencia de la sociedad.

Hijo del vicepresidente

Joaquín Aperribay, padre del actual presidente, fue el hombre fuerte de la Junta Directiva de Iñaki Alkiza, después de que José Luis Orbegozo hubiera llevado a la Real a las cotas más altas de su historia.

En la primera entrevista que le hicimos tras ser elegido el propio presidente explicaba las similitudes existentes entre la situación que tuvo que afrontar su padre como vicepresidente de la entidad y la que se encontró al llegar al cargo: «Yo tenía 17 años cuando mi padre entró en la directiva en 1983. La situación que encontraron era similar. Después de años muy buenos, José Luis Orbegozo había anunciado que no haber levantado el estadio en Zubieta era un rejón de muerte para el club. Se encontraron con un déficit importante aquel año y con la necesidad de dar al club un giro radical. Lo hicieron y lograron éxitos. Un título de Copa, otra final, el subcampeonato liguero, frecuentes presencias en Europa...».

En aquella misma entrevista y en la que publicamos el lunes de la pasada semana tras la victoria de Cádiz subrayaba las diferencias entre aquellos años ochenta y lo que a él le ha tocado vivir en primera persona: «Entonces estábamos en Primera y no estábamos sometidos a un concurso de acreedores».

Iba un poco más lejos: «Entonces no miraban el corto plazo con la exigencia actual. Planificar a largo plazo te ayuda a no equivocarte o a equivocarte menos. Antes, la gestión del fútbol permitía a los clubes establecer con más claridad su propia identidad y no estaban sometidos al proceso inflacionista que ahora es tan difícil de contener».

Paz social y viabilidad

Jokin Aperribay llegó a la Real Sociedad ondeando una doble bandera. La de la paz social y la de la viabilidad económica. Era obvio que eran ésas las dos grandes heridas que había dejado el anterior equipo directivo.

Nunca la Real había vivido tiempos tan convulsos. Durante años se había ido deteriorando el clima social en un club que había dado durante todo su historia ejemplo de cohesión social y en el que nunca se habían dado muestras de mala educación. José Luis Astiazarán, Miguel Fuentes, María de la Peña y Juan Larzabal habían tenido que presidir Juntas Generales celebradas bajo el signo del alboroto y el insulto. Pero el día en el que Jokin Aperribay se convirtió en presidente de la Real se desbordaron todos los límites.

A pesar de aquella dolorosa entrada en materia, Aperribay no malgastó una sola bala en atacar a algo o a alguien. La Real necesitaba unidad, necesitaba que toda Gipuzkoa se vistiera con los colores del equipo y convirtió en una inmensa tarea colectiva recuperar la paz, la ilusión y la categoría deportiva.

En este aspecto el éxito no puede ser cuestionado. Gipuzkoa entera ha empujado a unos futbolistas valerosos y tenaces para conseguir al fin el objetivo de regresar a Primera. El número de camisetas vendidas ha multiplicado cualquier registro anterior y si Anoeta hubiera tenido capacidad para cien mil espectadores, ayer se hubiera llenado hasta la bandera.

El presidente Aperribay no es personaje carismático, pero su imagen de hombre sensato y trabajador le ha permitido conectar con una afición joven que no para de recordarle las ganas que tenemos todos de que Anoeta sea por fin un campo de fútbol, nada más que un campo de fútbol. Tiene la esperanza de que la candidatura ibérica para el Mundial permita retirar las pistas de atletismo y tiene ya un plan en marcha para poder ir tirando y levantando tribunas sin que la Real tenga que buscar un nuevo terreno de juego.

La viabilidad económica parecía un objetivo remoto en diciembre de 2008. El Consejo presidido por Aperribay fue dando pasos para conseguir reducir el déficit hasta el punto de que si en la presente temporada se producen números rojos será consecuencia de las primas y variables que habrá que pagar a los jugadores y a los clubes de origen de los cedidos como consecuencia del ascenso a Primera División.

El convenio pactado con los acreedores permitió salir a la Real del proceso concursal el pasado mes de enero y la fórmula de pago parece asumible para el club, sobre todo una vez que se ha conseguido el ascenso a la máxima categoría lo que permite recuperar una cifra razonable de ingresos por la venta de derechos de televisión.

La Real tendrá que seguir trabajando con el freno de mano echado porque no puede incurrir en nuevos desfases presupuestarios durante los próximos años, pero el presidente puede mirar hacia el futuro con una tranquilidad inimaginable hace menos de dos años, en aquellos días de 2008 en que no existía más futuro que la extinción.

Una temporada redonda

Durante la presente campaña, Jokin Aperribay ha sabido mantener la calma en medio de un clima de opinión que pasaba con frecuencia de la euforia a la inquietud. Ha viajado a menudo con el equipo y en Cádiz se dio un baño de felicidad que ayer quedó consumado sobre el césped de Anoeta.

Después de muchos años de crispación, la Junta General de accionistas fue una balsa de aceite y todas las propuestas del Consejo fueron aprobadas por amplias mayorías. La gestión de Aperribay y su equipo en este año y medio de máxima dificultad merece una nota alta. Algunas indecisiones, algunos pasos en falso en el capítulo deportivo no pueden tener demasiado peso en la calificación final frente a un balance tan positivo.

Jokin Aperribay se ha ganado la confianza de los realistas y de los guipuzcoanos durante 18 meses que se anunciaban infernales y no lo han sido tanto. Hasta la celebración del Centenario, en Segunda y sin dinero, se convirtió en un éxito y en una reivindicación de los valores de la Real Sociedad.

Tampoco será fácil

Las auténticas dificultades vendrán ahora cuando haya que competir con los mejores y demostrar que se sigue siendo un equipo y un club de Primera en los campos de fútbol, en los despachos de Anoeta, en los de la Federación y en los de la Liga de Fútbol Profesional. Gipuzkoa ya había demostrado antes que era capaz de rebelarse contra su destino cuando parece todo perdido y no siempre ha sabido mantener la adecuada velocidad de crucero cuando todo ha funcionado con normalidad.

Se ha invertido la tendencia. Vivimos días de euforia poco después de haber paseado demasiado cerca del borde del abismo. Jokin Aperribay es uno de los grandes protagonistas del día de hoy. Ojalá mantenga la calificación al término de un mandato que en estos momentos la mayor parte de los realistas desean que sea largo y tan fructífero como hasta ahora.

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