Ni Gijón. Ni Atocha, Ni La Romareda. Lo que vivimos ayer en Anoeta fue la mayor manifestación blanquiazul de la historia, una fiesta en la que pequeños, medianos y mayores se juntaron para, con sus camisetas txuri urdin, celebrar la vuelta de la Real. Fiesta por la mañana, fiesta por la tarde y fiesta por la noche. Y fiesta hoy. Y mañana. Y es que hay motivos de celebración. Muchos y grandes. La Real, en ruina hace sólo año y medio, se ha construido a sí misma en este tiempo para, gracias a la fuerza del equipo y al apoyo de los suyos, conseguir un milagro deportivo en el que pocos, muy pocos creían cuando comenzó la temporada. Y la Real está de vuelta en Primera, asoma otra vez la cabeza en la élite y hoy vive una dulce resaca después de una jornada histórica que los afortunados que estuvimos en el estadio jamás olvidaremos.
Tenía ganas, muchas ganas, de ver cómo ese sector joven de la afición, virgen en celebraciones blanquiazules, gozaba con un éxito de su equipo y lo celebraba por todo lo alto. Ellos habían oido hablar del título de Gijón, de la Copa de Zaragoza y de otros éxitos pasados, pero hasta ahora sólo habían acumulado tardes desgraciadas, como la de Vigo hace siete años, como la de Mestalla, pero sobre todo como la de Mendizorroza hace ahora dos años. Se merecían el derecho a vivir un día como el de ayer y de verdad que me emocioné cuando el equipo saltó al campo, se formó el mosaico, sonó el himno y, no sé exactamente porqué, me trasladé mentalmente a Vigo y me vinieron a la mente las lágrimas de amigos y desconocidos, de jóvenes blanquiazules desconsolados por la liga que se nos iba... Pensé que, siete años más tarde, allí, en Anoeta estaban todos ellos para borrar para siempre aquellas imágenes y otras similares y suplirlas por las que se vivían en el estadio, en nuestra casa. Fue un momento mágico, con más de 31.000 almas vestidas de txuri urdin vibrando dentro del estadio y miles más unos metros más allá. El panorama desde lo más alto del estadio era impresionante hasta el punto de que, por primera vez, los 'raros' eran los que vestían de calle.
Luego, la tarde fue una fiesta. Que llegaran los goles del equipo de Lasarte era cuestión de tiempo. Y llegaron, primero uno, con doble emoción y luego otro y se desató la euforia, que acabó en éxtasis cuando Teixeira señaló el final del encuentro. Viendo lo que había en el estadio y fuera de él de verdad que no había otro final posible. El fútbol debía una a la afición realista y ayer era el día de cobrar esa deuda.
Este 13-j, que ya está con letras mayúsculas en la historia de este equipo, debe borrar para siempre las amarguras vividas en los últimos años y abrir un nuevo horizonte en la historia del club de la mano de unos jugadores y una afición con los que, como bien dice Lasarte, jamás pasaremos vergüenzas. Será duro y complicado, pero seguro que se puede. ¡Zorionak!
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