El fútbol es un deporte demasiado injusto y demasiado sucio. Primero vamos a hablar de la sensación de injusticia que te queda cuando un buen trabajo se viene abajo por la conjunción de un par de errores propios y otro par de errores ajenos. De nada te vale hacer bien tu tarea y controlar con holgura a un rival de lujo para asegurarte el premio al que aspiras. La Real no ganó al Castellón, nadie sabe cómo pudo ocurrir, y ayer perdió en Sevilla. Esta vez sí sabemos todos por qué pasó.
Pasó porque en el primer tiempo no acertó a marcar en un par de ocasiones claras y una de obligado cumpliniento. Pasó porque un jugador lleno de buena voluntad como Rivas todavía no ha aprendido a enfrentarse a un balonazo en el área sin protegerse con los brazos. Pasó porque Lizondo Cortés es un árbitro incompetente. Cuesta entender cómo llegó a Primera. Pero pasó. La culpa no es del árbitro, no es de Rivas, no es de los goles no marcados. Es de todos y de ninguno. Es la gracia del fútbol, aunque en días como el de ayer maldita la gracia que tiene que gane un equipo tan caro y tan limitado como el Betis.
Hemos hablado de suciedad al principio y es que en esta época del año el fútbol da asco. Gran parte de los profesionales se han convertido en funcionarios corruptos. Si no se juegan nada, sólo cumplen con su obligación si alguien les prima. Y si el dinero que les ofrecen por perder es mayor que el que les dan por ganar, se venden sin ningún tipo de problema. Entre tanto, muchos miran hacia otro lado. El año pasado todos lo que aspiraban a subir ganaron todo. Tengo la fundada sospecha de que su dinero les costó, aunque uno ni siquiera llegó a subir. No sé si esto tocaba escribirlo aquí, pero tenía muchas ganas.
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