
La Real salió ayer de Anoeta con un pie en Primera División. La visita del Hércules estaba señalada en el calendario como el partido del año y así se lo tomaron los jugadores. En un encuentro de alto nivel, los txuri urdin doblegaron a un rival directo gracias a un fútbol dinámico y vertical y una firmeza defensiva digna del líder de la categoría. Nsue, de cabeza, resolvió la mañana.
La victoria es otra muesca en el revólver de esta Real. Antes probaron la misma medicina Nàstic, Numancia y Levante, todos ellos aspirantes al ascenso que enterraron aquí sus últimas opciones de alcanzar al equipo guipuzcoano. Quizás peleen por las dos plazas restantes, pero ni en sus mejores sueños pueden esperar llegar a la media de puntos que, tras 31 jornadas disputadas y con sólo once por delante, han firmado los blanquiazules.
Martín Lasarte introdujo tres cambios en el once. Dos eran obligados por las bajas de Bravo y Xabi Prieto. Finalmente, fue Zubikarai el elegido para ocupar la portería, una decisión tras la que se esconde una brillante gestión del vestuario. Como en su día sucediera con Esnaola, el míster no se lió y optó por respetar la jerarquía. Era lo que tocaba. Él, como ex futbolista, sabe qué se trae entre manos y cuáles son los códigos no escritos dentro de un grupo humano tan homogéneo como éste.
Menos quebraderos de cabeza le dio la banda derecha. Nsue se cobró la ventaja que tenía sobre Songo'o y, aunque no cuajó una actuación completa, marcó el gol del triunfo, el cuarto de su cuenta particular. Como los anteriores, también vale su peso en oro.
La tercera novedad, ésta de componente técnico, relegó al banquillo a Elustondo. En su lugar entró Zurutuza, quien exhibió su talento en una primera hora de kilates. Con esa aparente parsimonia que le caracteriza, el mediapunta oteó el horizonte sin separarse del balón ni un centímetro y movió el ataque con la suficiencia de un crack. Si juega Zuru, juega la Real. Lasarte, quien le ha estado reservando para no arriesgar, le concedió casi un partido entero y él no defraudó a nadie. Se salida del campo fue saludada por los aficionados con la ovación del día.
El Hércules, por su parte, se presentó en Anoeta con la intención de romper una mala racha que amenaza con dejarle una temporada más en el infierno de plata. No ganaba desde hace cuatro semanas y necesitaba celebrar una victoria para zafarse de la presión de sus perseguidores. Esteban Vigo apostó por el 4-1-4-1, con el incombustible Farinós como pivote único, Sendoa y Rufete junto a la cal y Delibasic en punta.
Este planteamiento no le sirvió ante una Real superior. Empujados por su gente, los realistas lucharon por cada brizna de hierba y se impusieron en las disputas. Desde el pitido inicial hasta que el árbitro dijo se acabó. No hubo un segundo de tregua. La intensidad con la que se jugó el choque fue, sin duda, una de las claves del éxito. Como bien advirtió Lasarte tras lo ocurrido en Córdoba, si este equipo no se relaja, es prácticamente imbatible. Lo visto ayer le carga de razón.
En el primer acto no existieron más colores que el azul y el blanco. Carlos Martínez y De la Bella percutían por las bandas y Aranburu y Rivas construyeron una tela de araña en la que caían todos los balones. Arriba, Bueno discutía hasta con su sombra y desquició a la zaga visitante con continuos desmarques en diagonal.
El uruguayo participó en las ocasiones más claras antes del descanso. Peinó para que Griezmann rematara de volea y pudo abrir el marcador al aprovechar una indecisión de los centrales, pero estrelló el cuero en el cuerpo de Calatayud.
Contragolpe de manual
El gol llegó en un contragolpe perfectamente ejecutado por los hombres de ataque. Griezmann recibió en campo propio, abrió a Bueno y la vaselina del pichichi rebotó en el larguero. Allí apareció Nsue para empujar a la red el 1-0.
Tras el intermedio, el Hércules estiró líneas y buscó el empate con ahínco. Entonces surgieron las figuras de Mikel González y Ansotegi, titanes de la destrucción que amargaron la mañana a Delibasic y, ya al final, a Tote. La única oportunidad peligrosa de los herculanos fue resuelta con reflejos por Zubikarai. Un paradón tan espectacular como los realizados por Calatayud a cabezazo de Bueno o disparo de Songo'o.
La Real controlaba la situación, pero faltaba ese segundo gol que llevara la tranquilidad a las gradas. Griezmann, de tiro lejano, Bueno en dos ocasiones y Zurutuza, tras deshacerse de varios contrarios y pisar área, pudieron sentenciar.
No fue así y hubo que resistir hasta el minuto 93. No es que el Hércules ofreciera síntomas de remontar, pero la experiencia de sus mejores piezas invitaba a guardar un mínimo de prudencia.
El pitido final fue una liberación dentro y fuera del verde. El público se entregaba a los cánticos de ascenso mientras los jugadores aplaudían desde el círculo central. Era el triunfo de la casta y el orgullo, el triunfo de una generación de gladiadores que promete dar grandes alegrías en un futuro inmediato.
Restan once jornadas para la conclusión del campeonato, aunque el desenlace puede conocerse antes. Si la Real no ceja en su maltrato a los rivales en casa, los puntos que le faltan para saberse matemáticamente en Primera saldrán de Anoeta. Los números no dejan lugar a las interpretaciones: doce victorias en dieciséis partidos han catapultado a los txuri urdin a lo más alto de la clasificación. Y los demás tampoco están para echar cohetes. Ya queda poco. Será bonito vivirlo...
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