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A MI AIRE
6 de enero de 2009

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JON TRUEBA.-

No he hablado nunca con Jokin Aperribay. Sí que me tengo por amigo de dos miembros del nuevo Consejo, pero con el presidente realista no he coincidido nunca. Ni tomando un café siquiera. Pero estos días en que ha sido portada de la totalidad de periódicos, deportivos y no deportivos, he comprobado que tiene un muy apreciable currículo futbolístico.

Jugó de portero en el equipo infantil de la Real, varios años en el Lengokoak, luego en el Ordizia, más tarde en el Zumaiako, con el que ascendió a Tercera, máxima categoría en la que jugó según propia confesión. También tuvo en el equipo de la UPV. Dice que era bueno con los pies y no era malo en las salidas.

Socio de la Real desde 1974, fue testigo en El Molinón del primer título de Liga de la Real. Su presidente favorito ha sido Iñaki Alkiza, su entrenador Xabier Exposito y el jugador preferido, cómo no, su amigo Luis Arconada.

Tiene tres hijos «y los tres futboleros a tope»: uno es portero del Antiguoko, otro es medio centro y el tercero, delantero, aunque ya les ha advertido que «primero, los estudios».

La tarea que le espera es colosal, ya que 2009 es crucial para el futuro de la Real, obligada a una regeneración total en el apartado económico (y en el deportivo). Por eso hay que desearle suerte y acierto a la hora de llevar las riendas en el año del Centenario.

Hace no demasiadas temporadas la Real era un club ejemplar. Era el espejo en el que se miraban otros equipos. Exportaba unos valores que le hicieron admirable: sentido común, nada de ruido, líneas diáfanas de comportamiento. Así ganó dos Ligas y una Copa..., pero comenzó a desplegarse la bandera del acoso y derribo y no sé si habrá alguien que lo detenga en un momento en el que la Real necesita más que nunca un marco estable de convivencia. Porque yo vi aflorar el odio en la última Junta y el odio ya se sabe a dónde lleva.

En estas cosas pensaba ayer a la hora de escribir estas líneas. En estas cosas y en cómo hace ya algunos años Juanma Lillo me presentó a Ángel Cappa, quien me regaló su libro La intimidad de fútbol, que tiene un capítulo dedicado a los directivos...

«En los primeros tiempos, aquellos de la vida en orsay, como dice un tango, los directivos eran gente del fútbol. Gente sencilla, trabajadora, que quizás con mucho esfuerzo habían conseguido independizarse y poner alguna tienda y disponer de algún dinero. Habían jugado al fútbol hasta donde pudieron según su capacidad y no podían permanecer ajenos a esa actividad y menos aún indiferentes ante los colores de su club (...)».

«Ocurría en los clubes más destacados... y en los más modestos. En aquellos tiempos, esos directivos hacían de todo, desde pintar la cancha hasta contratar jugadores, pasando por comprar camisetas y organizar rifas».

«No sólo entendían el fútbol sino que lo sentían en carne propia y compartían el sentimiento de todos los aficionados. Sufrían y gozaban con la intensidad de cualquier socio. Buscaban el triunfo del equipo y la gloria de la entidad. Esos eran sus objetivos».

«A medida que el fútbol fue convirtiéndose en la mejor plataforma publicitaria y por lo tanto de prestigio y de poder, aquellos primeros directivos fueron apartándose para dejar el lugar a los hombres de negocios, a los empresarios... que recibían a cambio la popularidad para sentirse importantes. Buscaron notoriedad y confundieron los clubes con empresas y les faltaron el respeto a los protagonistas (jugadores, entrenadores, utilleros, médicos...) considerándolos sus empleados».

«Es verdad que hoy en día no podemos aspirar a que vuelvan los almaceneros de los barrios a dirigir los clubes. Entre otras cosas porque no quedan almaceneros en los barrios. Pero la gente que se ponga al frente de una entidad de fútbol, debe tener la suficiente inteligencia y generosidad para hacer coincidir su vanidad con los intereses del club».

El libro está publicado en 1996.

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