Don Juan, hundido en los infiernos

La Real pudo regalarse un viaje de placer a Salzburgo pero se condenó a perseguir una hazaña contraria a su naturaleza

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

Dicen los clásicos que Salzburgo sería apacible sin Mozart. Que, de tarde en tarde, sobrevuela el río Salzach el imponente grito orgulloso de Don Juan hundiéndose en los infiernos. A un destino equiparable al de Don Giovanni se condenó la Real Sociedad con el partido que firmó anoche, en el que no hubo nada de épico, nada de artístico, nada de heroico. Nada de arte, nada de ciencia. Solo un ir y venir.

La Real Sociedad se ha abocado a un duelo en contra de su naturaleza el próximo jueves a la sombra del castillo de Hohensalzburg. Ligera y superficial, necesitará fuerza, furia y una determinación rayana en el fanatismo para darle la vuelta a la eliminatoria, no porque sea imposible sino porque nadie cree en sus posibilidades.

Ayer, un equipo atlético le arrebató la victoria de las manos. El Salzburgo pasó por ser un grupo de buenos corredores, con fundamentos correctos, ideas sencillas pero claras y ninguna mala intención. Le bastó para empatar en Anoeta ante una Real decorativa y sin sustancia.

Ahora, deberá protagonizar en Salzburgo una ópera mozartiana, lo que no es ninguna nimiedad. La Real tendrá que asaltar la ciudad austriaca, para lo que el peor enemigo será su complacencia, ya que Salzburgo invita al paseo, a la reflexión, a la lectura de los periódicos y a deleitarse con una tarta Sacher con el café. No es una ciudad para ir a la guerra. Un balneario. Solo los viejos intelectuales centroeuropeos sabían que sobre la ciudad siempre pende la sombra de Don Juan. Pero ya nadie se acuerda de eso.

Con su partido de ayer, la Real se condenó a sí misma a la tarea de enviar al fuego al Salzburgo. Rutinaria para un buen equipo, misión de titanes para esta Real. No porque tenga un adversario temible, la joya de la corona del Imperio Austrohúngaro o algo así. Más bien se trata de un grupo bastante normal, aseado, eso sí. Que corre mucho y bastante bien. Para la Real, un equipo con unos problemas defensivos tremendos, un jeroglífico.

Porque el conjunto blanquiazul exhibió ayer una debilidad alarmante. Su dominio de los tiempos y el espacio es inexistente. Sin hacer nada, el Salzburgo le llegaba y se levantaba como una amenaza formidable, por mucho que fuera incapaz de rematar a puerta. A eso puso remedio la Real marcándose en propia meta el primer gol. Rulli sale blando y por eso el brazo se le tuerce en un contacto leve. El balón pasa y pilla a Oyarzabal perfilado en la dirección opuesta a la que obliga el manual del fútbol. Orientado a su propia portería, pasó lo inevitable: le golpeó el balón y fue adentro.

Después, con un fútbol de subsistencia, una voluntad encomiable y un orgullo muy destacable (esta es la esperanza para el jueves) logró darle la vuelta al partido. El Salzburgo colaboró con un error de primaria al abrir la barrera en un golpe franco de Januzaj. Pero, incapaz de comprender el partido y, mucho menos, de controlarlo, la Real seguía dejando abiertos espacios por todas partes, como si desconociera el valor de un gol fuera de casa. Lo pagó.

Ayer, pudo regalarse un viaje a Salzburgo a lo que va todo el mundo, a relajarse, pero se condenó a perseguir una hazaña.

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