Alguien acaba de decir 'partido a dos goles'

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

Cualquiera al que aún no le hayan dicho basta las rodillas y siga jugando con los amigos sabe que todo entra una nueva dimensión cuando, llegando al final, alguien grita ‘partido a dos goles’. Lo sucedido hasta ese momento deja de tener valor. No importa que un equipo vaya ganando 7-0 ni que el otro esté jugando al pelotazo y rematando al bulto al más puro estilo de la Real de Clemente. En ese momento, el partido es nuevo.

Ante esa tesitura se encuentra hoy el grupo de Eusebio. Partido a dos goles. No se puede contar con que la Real mantenga la puerta a cero, porque antes de volar a Salzburgo ya envió noticias a Austria de que esta noche piensa jugar a su manera, abierta, expuesta, al toque, lo que sin duda aprovecharán los animosos muchachos de Marco Rose. Así que el pase a octavos dependerá de que marquen por partida doble.

Pero llegados a ese momento tan futbolero, da igual que un equipo esté jugando como el mismísimo Wunderteam, la selección austriaca de entreguerras que dominó el mundo en los primeros años 30 con su fútbol total. Que sus extremos regateen como Garrincha, sus defensas achiquen como Baresi, su punta parezca una mezcla entre George Best y Gerd Müller y su portero haya sido un espectador de lujo del partido erguido sobre su propio punto de penalti con la elegancia de Lev Yashin sin nada más que hacer que seguir la carnicería desde la distancia.

Da igual que el otro equipo esté formado por tipos que no saben ni atarse las botas, no saben dar un pase a dos metros (y mucho menos si es a un compañero), no ven si el portero rival tiene barba o no, de lo lejos que está, y solo sueñan con que el marcador en contra no suba hasta las dos cifras. Todo eso da igual. Partido a dos goles.

Y todo empieza de nuevo. El equipo muerto, el que no es capaz de cruzar el centro del campo, se convierte en un grupo temible que tira contras por el carril de diez como si fuera el Milán de Sacchi, el mediocentro coladero lamentable se convierte en el mismísmo Obdulio Varela en el Maracanazo contra los brasileños, y el punta que ni mira a la portería contraria empieza a dar cabezazos que para sí quisiera Horst Hrubesch.

El equipo que va ganando, que domina el partido con mano de hierro, empieza a sufrir, a meterse atrás, a despejar de mala manera. Su cuatro, que parecía la encarnación de Franz Beckenbauer, pierde el hilo; su diez, elegante como solo sabían serlo Jesús Zamora y Michel Platini, se tropieza con el balón él solo, el lateral derecho, que acaba de meter dos goles como el de Carlos Alberto a los italianos en México, empieza a dar pases atrás y aquello se convierte en un carrusel incierto.

La victoria contra el Levante ha tenido ese efecto en el realismo, convencido de que puede salir triunfante de su propio caos. ¿Puede pasar la eliminatoria la Real? Nada invita a pensar en ello (el nivel de dificultad que planteó el equipo valenciano es muy inferior al de esta noche), pero cuando alguien dice ‘partido a dos’ goles todo puede suceder. Y alguien lo acaba de decir.

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